Prólogo de Los treinta dineros de Rosa Wernicke, por Diego P. Roldán & Cecilia M. Pascual [fragmento]

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Diego P. Roldán & Cecilia M. Pascual, autores del prólogo de la edición ampliada de Los treinta dineros de Rosa Wernicke

“Envueltos en una capa negra, traidores, impostores, desocupados, pobres, mendigos, burócratas, persiguen el asilo de la multitud, de las boleterías ferroviarias, los vagones sucios de un tren de segunda, las sombras clandestinas de los paseos públicos, un banco abandonado en una plaza o en la costanera, las calles pulidas por la lluvia, el cuartucho mínimo de un hotel desolado, las paredes rutinarias de una casa de familia, una oficina, la cárcel o un manicomio que en el fondo quizá sólo sean variaciones de lo mismo. Todos los ensayos de fuga, los planes más o menos instintivos de evasión terminan fracasando, chocando contra tabiques tan rígidos como invisibles. Aunque de distintas maneras, los protagonistas de las once piezas que componen Los Treinta Dineros son incapaces de sustraerse del pasado. De un peso opresivo depositado sobre la conciencia y de una culpa infatigable. Los persiguen la soledad, el aislamiento y la indiferencia engendrados por el mecanismo a la vez decadente y brillante de la ciudad moderna. Hechos de imperfecciones y encastres toscos, los personajes son incapaces de sacudirse lo único que al parecer vale la pena dejar atrás: a uno mismo. O mejor, a las amenazas que el mundo social coloca, como minas aleatoriamente sembradas, sobre el campo de una intimidad torturada por las explosiones y fantasmagorías de un exterior ingobernable.

A pesar de los matices y las singularidades, Edmundo Bacón, Sebastián Palma, Pinkas Ridel, Adrián Vallejos, Federico Marles, Martín, Joabs Fraortes, Miguel o Eugenio son seres vaciados en el mismo molde, constituidos por idénticos procedimientos narrativos que combinan y alternan fragmentos de introspección, realismo y drama social. Al igual que la moneda dibujada por Vanzo en la portada original, todos ellos tienen dos caras: una la de víctima y la otra de victimario, son al mismo tiempo inocentes y culpables.

Los mundos morales, a los que se referían Durkheim y los sociólogos de la Escuela de Chicago, han estallado. La división del trabajo ha engendrado una proliferación casi caleidoscópica de mosaicos culturales inestables, cambiantes y efímeros. Wernicke percibe y anota el permanente dislocamiento y (re)negociación de las relaciones entre los agentes sociales y los géneros. La psicología atormentada y la vida en ruinas de sus personajes son el producto de un proceso material de modernización tan inexorable como incomprensible para quienes lo encarnan y padecen. Wernicke almacena con cuidado esos tópicos que nutrirán las páginas de su literatura.”

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