Apenas un punto en el cielo, en Señales, La Capital

El 5 de Mayo de 2013, el diario local La Capital publicó, en el complemento Señales, una selección de cuentos de “El peor de los desiertos“, del autor Alejandro Pereyra

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ilustración de Chachi Verona sacada de La Capital

Clavado

Al principio era apenas un punto en el cielo. Poco menos que un lunar insignificante entre las colosales escenas que representaban las nubes. Quizás fue eso lo que capturó mi atención, el hecho de parecer fijo, retenido en la piel atmosférica; aunque es sólo una ilusión, en realidad crece, amenazante, se agranda como una perniciosa mancha de aceite en el tapiz casi turquesa, casi perfecto.

Es un hombre. Puedo reconocer su forma. Cae con piernas y brazos abiertos, quizás para mantener la posición, como un paracaidista eximio al que su pericia le permite no perder nunca de vista el punto de aterrizaje. Por momentos dejo de mirarlo, debido a que la dirección de su trayectoria, cenital con respecto a mí, me obliga a mantener demasiado tiempo la cabeza inclinada hacia atrás, provocándome un irritante dolor en la nuca. Aprovecho entonces esos instantes de descanso para reflexionar sobre la importante decisión que debo tomar al respecto, ya que el hombre se dirige, en su libre caída, directamente hacia el punto exacto donde estoy parado.

He aquí mi dilema: si abandono la posición el hombre inevitablemente se estrellará contra el suelo con toda la velocidad acumulada desde su origen puntiforme; por otro lado, si en un gesto humanitario, amortiguo su caída manteniéndome en el lugar, no puedo ni siquiera imaginar la gravedad del daño que infligirá el choque en mi cuerpo, ya demasiado dolorido.

A pesar de la urgencia, antes de tomar una decisión definitiva necesito llegar a vislumbrar al menos su rostro; quiero decir, su expresión, la que intuyo determinante. A veces me parece que sus facciones son serenas, como si volara dominando con pericia las leyes de su caída, entonces lo percibo apaciguado, como un pájaro dormido; aunque la mayor parte del tiempo me cuesta discernir sus rasgos, pues los rayos del sol punzan mis ojos, impidiéndome confiar en ellos.

Ya está muy cerca, quizás unos cinco, seis metros sobre mi cabeza. Cierro mis ojos dañados para poder concentrarme y se me ocurre que en realidad es su sombra la que oblitera mi mirada. En este mismo instante comprendo que el hombre se encuentra a una distancia desde la cual podría ver nítida la expresión de su rostro, aunque al hacerlo perdería un tiempo primordial, tiempo indispensable para decidir si me apartaré de la meta final del extraño clavadista, o si lo atajaré con mis brazos, por cierto demasiado inadecuados, soportando su caída heroicamente, olvidando toda consecuencia.

Metro y medio, quizás menos. Al fin me decido y abro los ojos. Es un hombre normal, nada extraordinario. En cuanto a su expresión, parece estar feliz, o al menos tranquilo. Tiene los ojos cerrados, como disfrutando casi extáticamente, y yo, por todo deseo, sólo anhelo que no los abra.

Un carro

Las ruedas, cómplices ellas, abusando de su franca circularidad, devoran metros cubriendo una distancia que el caballo sólo puede igualar con un esfuerzo exagerado, un movimiento siempre perentorio, siempre a punto de ser absorbido por el del carro. Toda la estructura empuja al animal a desarrollar una velocidad inhumana, extra bestial incluso; muchas veces sus patas traseras, a punto de ser arrasadas por el vehículo, son obligadas a brincar antes de tiempo, alterando la secuencia del galope, esa armonía. Un paseante dominguero que atraviesa la mañana como un lento plumón que viaja por la atmósfera se detiene a admirar el vigor de la bestia, su esfuerzo titánico. Insólitamente, no parece percibir la notoria ausencia de algún conductor a bordo del carro, ni siquiera el flameo impreciso de la fusta abandonada en el pescante.

Viaje Lugano – París – Erlenbach

El tren que viaja de Praga hacia Lugano se ha detenido en un frío paraje a pocos kilómetros de un pueblito. Sus habitantes se acercan diariamente al tren para ofrecer una gran diversidad de objetos inservibles; no pretenden una suma desproporcionada por ellos, sólo desean se les preste la debida atención y se les considere la oferta en su justa medida. Los pasajeros apenan soportan verlos llegar por la pradera a media mañana como animales acechantes. Algunos se distraen de esta situación observando las precarias condiciones generales del tren, preocupados por lo que parece ser una progresiva adherencia entre los rieles y las ruedas, una especie de soldadura oscura y porosa.

Final

Además del silencio, tras la tormenta sobrevivió en el jardín una sensación de crimen olvidado; flotaba cierta melancolía, como si el pasado fuese líquido e inundara cada paso. Una gota de lluvia, a punto de caer de un pétalo, precipitó en mi espíritu el recuerdo de un bellísimo haiku que no pude llegar a precisar nítidamente. Decidí que mi vida tomaría un giro maravilloso y definitivo si recordaba el poema antes de que ella se desprendiera para siempre de la resbaladiza corola.

Una breve, imperceptible brisa tremoló la gota, y al ver que en el universo entero sólo el suelo la anhelaba, sucumbió.

http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2013/5/edicion_219/contenidos/noticia_5061.html

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