La disposición de las cosas, por Natalia Massei

El martes 25 de junio 2013, Natalia Massei publicó un cuento en Rosario 12, de Página 12. 

nataliamassei

Una mujer sirvió té, tostadas y una lechera blanca que parece una gota. Me dan ganas de guardarla en la cartera y llevármela así como está, llena de leche.

Del otro lado del vidrio está nublado. La mujer trajo también un cuenco con mermelada. El dulce tiene algo como cascarillas. Que no sea de naranja, pienso. Odio la mermelada de naranjas. Deja en la boca un sabor amargo mientras baja por la garganta. Aparto el cuenco y mojo una tostada en el té. Empiezo a masticar con el estómago vacío.

Acaban de realizarme una ecografía abdominal. Cada tanto tengo la necesidad de ver mi cuerpo por dentro. Ver lo concreto de mí.

Un hombre frente a mí, de barba frondosa. Me mira escribir ﷓o mojar el pan en la leche﷓ como se mira a alguien que duerme. Pidió cuatro medialunas y un café con edulcorante. Al decir edulcorante se rió de sí mismo. Me pareció encantador y lo miré para que me viera mirarlo. No muy lejos, un anciano toma café con leche y mastica medialunas con los ojos cerrados. Mueve todos los músculos de la cara de arriba hacia abajo. Los pliegues de su rostro suben y bajan acompasados. Parece hecho de chicle.

De los cables que sostienen las lámparas cuelgan árboles de papel brillante. Resplandecen. Es hermoso. Afuera todo de gris, adentro una luz tenue y el brillo plateado del papel.

Pasa un pibe con la camisa abierta. Lo veo de espaldas y, por un segundo, de perfil, cuando se da vuelta para mirar hacia el bar. Un viento le abre la camisa como alas. Le queda precioso alejarse con alas de tela rayada.

Una señora de rulos teñidos levanta un espejo y se pinta los labios. Primero los dibuja con un lápiz y luego los cubre con rouge. Desde donde veo, el pulso no le tiembla. La línea roja se desliza sin fisuras. Siempre admiré a las mujeres que sacan un espejo del bolso y se maquillan durante.

Ahora voy a subir a un auto, cerraré las ventanillas y encenderé el aire acondicionado. Estas imágenes desaparecerán.

El poema es una disposición de cosas, pienso.

Estaba hecho antes de que yo lo escribiera.

Pero tuve que escribirlo para que exista.

La calle marca un ritmo de treinta grados a la sombra. Musculosa, lentes oscuros, ojotas, entrecejo fruncido y sudor en la frente. Más calor hace, más nos apuramos. Al viento se lo chupó el sopor. Planeamos en un aire denso. Somos piedras que no terminan de caer. Y empieza a llover.

Corro en medio del agua: un vaho, la bruma artificial de las películas. Siento el vapor subiendo desde el asfalto. Una lluvia inútil. Vapor como el que sale de la ropa húmeda cuando se la plancha. Gotas de humo perfumadas. Así huelen para mí los días de lluvia: mamá planchando en la cocina. En casa, mi madre planchaba.

En la esquina de casa hay un pibe. Está sentado en una silla de lona y caño, frente a la pizzería. Está allí desde hace varios días. La primera vez que lo vi pensé que era un cliente. Tiene una cresta enrulada que sobresale apenas del resto del cabello. No es una cresta. Es un corte desparejo. Un pie lo apoya en el piso, el otro en el travesaño de la silla: “el pensador”, si estuviera desnudo. Usa borceguíes negros pesados. Se imantan al asfalto. Viste de civil. Tiene siempre un teléfono en las manos y algo negro entre las piernas.

-¿Tu señora cómo está?- le pregunto.

-Igual, esperando.

Al principio no saludaba. Desde que me vio pasar con el cochecito, ablandó el gesto y sacó conversación:

-Yo tengo a mi señora ﷓me dijo, señalando el coche﷓ que está esperando.

-¿Nene o nena?

-No sabemos.

La chica está internada en el Hospital Provincial. Hay complicaciones. No saben. Lo llamarán, si hay novedades. Desde la mañana hasta la noche, estará allí, para que lo llamen, sentado en la silla de lona o de pie, en la esquina. Fumando. Mirando el teléfono. Comiendo triángulos de pan y fiambre. Tomando coca cola.

La gente de los edificios bajó a la calle y prendió fuego. Sobre dos sillas de camping pegaron afiches de cartulina pintados con fibrón negro: Queremos luz. ¡Doce horas sin luz! Compran sándwiches y bebida en la pizzería y vuelven al fogón. Queman cajas de zapatos, cajones de verdura, llantas de automóvil. El pibe no deja de mirarlos, apoyado sobre un poste de electricidad. El fuego resplandece en sus ojos somnolientos.

El cielo permanece gris. El humo levanta una cortina translúcida que separa a los manifestantes del resto. Las chispas y las cacerolas suenan como una turba de insectos en una mañana húmeda lejos de la ciudad. Puede ser que siga así todo el día. Que la noche avance por encima de la nube espesa y sólo se vea un cielo negro sin estrellas, de calor y goma quemada.

Fuente: Rosario 12

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