“En el cuerpo quién sabe” de Carolina Musa

Publi TAPAS EN EL CUERPO

 

Dos hermanitas salen de la clase de piano. La mayor tiene talento y perseverancia, la otra, ninguna de las dos cosas. La mayor escuchó lo de la misa de cuerpo presente y tuerce el camino hasta la iglesia. Le preguntó a la madre si podía ir. La madre dijo que no.La menor lo había oído pero se hace la sorprendida.

La puerta de la iglesia está abierta. Se asoman. Se ve el cajón justo adelante del altar, apoyado sobre una mesa de madera.

— ¿Por qué lo tienen acá, acaso no tiene que ir al cementerio?

— Es que primero lo velan.

— ¿Le prenden velas?

— No, estúpida, le rezan para que se vaya al cielo.

— Pero si era cura.

¿Adónde más podría ir? La mayor no contesta. Se limita a mirarla con mezcla de sorna e indulgencia, como los grandes.

La menor obedece la orden de su hermana: quedarse sentada en el último banco de la iglesia. Los zapatos de la mayor chirrían en el suelo.

Dos mujeres van y vienen alrededor del cajón. Son las que ponen agua en los floreros y leen la biblia en la misa. Miran a las niñas rápidamente y continúan en lo suyo.

La menor alcanza a la hermana a la altura del séptimo vía crucis. También quiere rezarle al padre.

— Vas a tener pesadillas con el diablo y perros sarnosos.

La menor se encoge de hombros. La mayor resopla.

— Secreto de hermana –levanta el pulgar– y no le podés decir a nadie. La otra también levanta el pulgar, se tocan la frente y siguen caminando en puntas de pie, de la mano.

— ¿Tendrá los ojos abiertos? —susurra la menor.

— ¿Para qué?

— Para ver a Dios.

— No creo, Dios ya lo ve todo, además que ya está con Dios.

— Pero si todavía no fue al cementerio.

— Eso es el cuerpo, no el alma.

— Ah —la menor no había reparado en ello.

El cajón está abierto. La mayor cierra los ojos y murmura un padre nuestro con las manos juntas. La menor le copia. Pero espía un poco. El padre está idéntico. Con la sotana y la capa verde y roja de las procesiones, y el rosario enroscado en los dedos. No parece muerto. Si no fuera por el olor a vela con alcohol, el olor a muerto, parece a punto de lanzar unos gritos.

— ¿Te acordás cuando me retó?

— Shhhhh.

La menor cierra los ojos. ¿No tenéis nada mejor que hacer? Eso había dicho. Ella miraba una fila de hormigas en el patio de atrás, el día de catequesis pero era recreo, ni si quiera le preguntó. Es feo este cura. No se le entiende lo que dice y no le gusta estar acá, le gusta España.

La mayor también espía. La menor la ve. Ambas cierran los ojos al descubrirse mutuamente. Ya vuelven las mujeres de la misa. La flaca tiene los ojos hinchados de llorar. La otra es renga.

— Dios lo bendiga —dice la renga.

Las dos niñas se persignan y salen cabizbajas por el centro de la iglesia. La mayor hunde los dedos en el agua bendita y se hace la señal de la cruz en la frente. La menor también.

— ¿Decís que nos vamos a encontrar en el cielo cuando todos hayamos muerto?

— ¿Todos quiénes?

— Todos todos.

— Todos no, porque algunos van al infierno.

La menor piensa un poco.

— Pero nos vamos a encontrar en el cementerio.

La mayor piensa un poco.

— Eso no tiene nada que ver —concluye.

La menor no se atreve a contradecirla.

 

Cuento “Cuando todos hayamos muerto” del libro En el cuerpo quién sabe de Carolina Musa (Baltasara Editora, 2014)

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