Presentación del libro “Cotidiano” de Mariana Travacio en la ciudad de Buenos Aires. Palabras de la autora.

Presentación Mariana1

Palabras de Mariana Travacio en oportunidad de la presentación de su libro Cotidiano:

“Buenas noches, gracias a todos por venir, me siento tremendamente bien acompañada.

Hoy no tengo muchas ganas de hablar. Ni de leer. Se me ocurrió que podía subsanar esa desgana leyéndoles unos párrafos hechos de silencios que lo dijeran todo.

Así, pasaríamos del silencio de un párrafo al silencio del siguiente y al cabo de unos minutos daríamos por concluida la lectura de ese hipotético texto que pudo decirlo todo.

Pero sabemos que decirlo todo no es posible. Hay restos. Hay eso que puede rozarse, bordearse, rodearse de palabras, o de silencios, pero no más que eso.

Ese es el problema de la escritura. De toda escritura. Lo que sólo baja al papel como mero remedo.

Cada día, o cada noche, cuando me siento a escribir, pienso en esto. Pienso en la imposibilidad misma de la escritura, y en los empecinados esfuerzos que hacemos aún sabiendo que no es posible.

Marguerite Duras lo decía abiertamente:

Escribir.

No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.

Y se escribe, decía. Como si dijera: Y sin embargo, se escribe.

Pienso a menudo en esto y suelo acordarme entonces de Bolaño, cuando le aconsejaba a los cuentistas que nunca escribieran los cuentos de uno en uno, porque, decía Bolaño: “si uno escribe los cuentos de uno en uno, uno corre el riesgo de escribir el mismo cuento hasta el día de su muerte”.

Y me parece que Bolaño tenía razón: tengo toda la impresión de que una buena parte de los escritores que conozco se ha pasado la vida escribiendo la misma cosa, una y mil veces, como si se volviera a empezar cada vez, y se tropezara uno con la misma piedra y, en el fondo, volviéramos a esa misma cosa que nunca terminamos de decir.

Y cuando pienso en esto, me acuerdo de Cantabria y de su cueva de Altamira y de los hombres que entonces, hace treinta y cinco mil años, quisieron pintar algo en esa cueva y acabaron inventando el arte rupestre.

No dejo de asombrarme con esto: Hubo un tiempo, entre fines del Paleolítico y principios de Neolítico, de hombres sin escritura que, sin embargo, escribieron: grabaron, pintaron. Sobre piedras, dijeron.

Y vuelvo entonces, cada día, o cada noche, a Marguerite Duras, y le contesto: Sí, Marguerite, se escribe. Tengo toda la impresión de que llevamos unos treinta y cinco mil años tratando de decir algo. En este sentido, todo texto, toda escritura, no deja de ser una mera aproximación a la pintura rupestre. En todo caso, cuando se vuelve libro, esa pintura se ofrenda a los ojos del otro, como si esos ojos fueran, más que la promesa, la posibilidad misma de un sentido. Después de todo, como decía Pascal Guignard, leer es buscar con la vista a través de los siglos la única flecha lanzada desde el fondo de los tiempos.

Y tanto palabrerío para venir a decirles que yo les agradezco mucho por estar hoy acá, acompañándome. Creo que ha llegado el momento del brindis, pero antes de eso, y con esto termino, quiero pronunciar unas mínimas palabras de agradecimiento en forma pública:

Quiero agradecer a Liliana Ruiz, de Baltasara Editora, porque fue un lujo editar este libro con ella, y porque Cotidiano se volvió libro por ella, y porque además, me llena de alegría que una editorial de Rosario, de mi tierra natal, esa tierra donde fabricábamos collares con las bolitas del paraíso en la siesta interminable, sea la editora de mi primer libro de cuentos. Infinitas gracias, querida Liliana.

Quiero también agradecer a mi maestro, que lo tengo acá a mi lado, a José María Brindisi, por la enorme paciencia con que me ha leído y me sigue leyendo, y porque ha sido y sigue siendo para mí un enorme honor contar con su mirada. Infinitas gracias, querido José.

Agradezco también:

A Susana Albanese, por el aliento constante.

A Silvia Amigo, porque abre puertas y las dejas todas abiertas y se vuelve imposible no mirar.

A Karina Didia, a Daniela Fortis, a María José González y a Silvia Caporaso, porque fueron mis primeras, incansables, lectoras.

A Ariel Dilon, por su infinito amor a las letras y porque tiene el don de contagiarlo.

A Carlos Busqued, por las horas de fecundo desvarío en la Fundación TEM.

A David Oubiña, a Adriana Amante y a Luis Chitarroni, porque me recordaron cómo leer.

A Marisol Alonso, por su mirada aguda, tan linda, en nuestros cafés Havanna.

A mis compañeros de taller, por las horas de escucharnos, por sus valiosas lecturas y porque, para mí, es una fiesta tenerlos.

A mis compañeros de maestría, porque es tanto más lindo este camino desde que lo caminamos juntos.

A mis queridas Paula Tomassoni, Flavia Pantanelli y Sandra Buenaventura, porque no es lo mismo mi día a día sin ellas.

A mis queridos amigos, los entrañables, los de toda la vida, por acompañarme. Siempre.

A mi esposo y a mis tres hijos, por las horas de esposa y de madre que les vengo robando y que ellos, sin embargo, saben disimular con tanto amor, con tanta convicción.

Muchas gracias”.

Mariana Travacio

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