Presentación del libro “Cotidiano” de Mariana Travacio en la ciudad de Buenos Aires. Palabras del escritor José María Brindisi.

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El 31 de octubre de 2015 se presentó el libro de cuentos Cotidiano de Mariana Travacio. La obra resultó ganadora de la Convocatoria Editorial 2015 – Cuento de Baltasara Editora.

Ante una gran cantidad de personas se desarrolló el evento en el que hablaron la editora, el escritor José María Brindisiy la autora.

Transcribimos las palabras de José María Brindisi:

“Hace unos cuantos años, un amigo presentó el que por entonces era su primer libro, en compañía de su maestro; quiero decir, no sólo alguien que coordinaba un taller, sino alguien que supo acompañarlo durante un buen tiempo y que con los años se había convertido más bien en una suerte de figura tutelar. Cuando le tocó hablar a este último –por cierto, alguien muy conocido, con bastante recorrido en estas lides-, dedicó los últimos largos minutos de su monólogo a situarse sutilmente –sutilmente sólo al inicio- en un lugar de superioridad, de luminosidad exaltada; a marcar los indiscutibles progresos de mi amigo pero, también, a dejar bien claro que estaban situados en distintos eslabones de la pirámide y que no quedaba otra que desearle, al pobre de mi amigo, que “siguiera así”, que de esa manera iba a seguir progresando y algún día, sí, iba a poder mirar el mundo desde ese otro sitio, esa plataforma alada a la que uno podía acceder, como sucede en determinadas ramas del deporte profesional –como el ajedrez, o el polo-, luego de acumular una serie de méritos diplomados. “Gracias”, terminó su alocución el escritor al que más de una vez se les escuchó decir que prefería enseñar a escribir, “gracias por dejarme seguirte corrigiendo”. Ni siquiera se dignó usar ese otro verbo, enseñar, que sólo a un pedante le sonaría pedante, y que por el contrario conlleva una nobleza que casi ningún tipo de relación humana tiene, basada en una circulación de doble mano, eso que se llama intercambio, aunque uno entregue peras y el otro manzanas.

George Steiner, en un libro que se llamó Lecciones de los Maestros –sin duda algunos de ustedes lo habrán leído-, analizaba, a partir de múltiples ejemplos en el campo de la música, la filosofía, el arte y la literatura, esa relación que incluye el deslumbramiento y la comprensión profunda del otro, pero que por sobre todas las cosas es una tensión. “¿Qué significa transmitir?”, se pregunta. “¿De quién a quién es legítima esa transmisión? Las relaciones entre traditio, es decir ‘lo que se ha entregado’, y lo que los griegos denominan paradidomena,  es decir ‘lo que se está entregando ahora’, no son nunca transparentes”, dice Steiner. Y luego plantea tres esquemas esenciales a través de los cuales se desarrolla esa mecánica: el maestro mata o destruye al estudiante; el estudiante mata o destruye al maestro; y muy raramente se da la confianza y el intercambio de aciertos y errores, “el gran milagro de la transferencia”. “El Maestro aprende del discípulo y es modificado por esa interrelación –precisa Steiner-. La donación se torna recíproca, como sucede en los laberintos del amor”.

Pero solo para contradecirme un poco –contradecirme a mí mismo, digo, ya que no me animo a contradecir a Steiner-, y disculpándome de antemano por ese defecto, el de la contradicción, del que por otra parte ni Dios queda a salvo –siendo Dios como es, y ahora cito a Burgess, “igual de grande que Walt Whitman”-, me gustaría revisar esa idea y decir que por momentos ese intercambio está basado en el desequilibrio. No sólo quienes ejercemos esa ilusión de enseñar algo, incluso aquellos que preferimos dejar de lado los eufemismos y el pudor, y no hablar ya de “talleristas” ni “participantes de no sé qué cosa” ni de “gente que viene al taller” sino de, lisa y llanamente, alumnos (entendiendo que aquellos que no pueden hablar en esos términos es porque simplemente no tienen nada que enseñar, o nada que decir), no solo, digo, obtenemos un enorme beneficio en ser testigos de la lucha del otro, de ver cómo se entrevera con la forma y la expresión, cómo busca-encuentra-pierde-y vuelve a encontrar su matriz poética; sino que además deberíamos comprender que buena parte de nuestra tarea se basa en escuchar, en acompañar, en tratar de no obstaculizar el talento. Pero claro: una cosa es no volvernos fatalmente un obstáculo, y otra es rendirnos a la mera intuición, y por supuesto a ese otro Dios, que ni siquiera tiene la dignidad de contradecirse, y que se llama pereza; sin duda, la raíz de la mayoría de los males que aquejan al escritor (y me refiero sólo a los males que tienen cura, lo que por supuesto no incluye el mal gusto). Dejando de lado mi propio mal gusto -que desde luego lo tengo, y me gusta lucirlo orgullosamente-, y ahora intentando volver a hablar en serio, quizá nuestra tarea fundamental sea volvernos a la vez una sombra y un rumor molesto; en definitiva, ayudar a que eso que puede ser, sea. O incluso: que empiece a serlo.

“Una historia no tiene comienzo ni fin”, dice tramposamente el comienzo de una gran novela inglesa, una novela escrita por alguien que, como Mariana Travacio, aquí a mi lado, cometió el pecado de comprender el complejo funcionamiento del alma humana, y el pecado aún más grave –y eso también lo comparte con Travacio- de escribir con una naturalidad asombrosa sin renunciar a uno solo de los colores que la literatura podía brindarle (ese escritor es Graham Greene, y cometió también otro tipo de pecados que no vienen al caso, como por ejemplo llevar a la cama a la mujer de un miembro del comité del Nobel, y perder así la oportunidad de integrar la insulsa lista). Espero que mi historia con Mariana –porque me cuesta llamarla por el apellido-, espero que no tenga fin, pero lo que es seguro, con el perdón de Greene, es que tiene un comienzo. Ese comienzo fue hace unos seis, ¿siete años? Fue el comienzo de nuestra relación, pero no su comienzo. Para cualquiera que haya podido observarla en esos inverosímiles mediodías del Bajo, la primera –y la segunda, y la tercera- cosa que de seguro se le hizo visible tiene que haber sido su voracidad: la desesperación, la combinación entre deslumbramiento y angustia –angustia de saber, de conocer más y más, de no perderse nada- con que Mariana hurgaba en las mesas de novedades, en las estanterías de la hermosa librería Menéndez, el modo en que se relacionaba con una materia que ya era suya, una obsesión que debía haber guardado desde casi siempre, aun cuando ella misma haya tardado algún tiempo en descubrirla. Dije “primera, segunda y tercera”, así que ahora digo “cuarta”: la cuarta cosa que habrá notado aquel que la observara, aunque sin duda se trata de la misma enfermedad, es la cantidad de libros que cargaba -y lo hacía siempre-, o mejor dicho compraba (y puedo atestiguar: no solo los compraba). Ese mismo observador ingenuo se habrá preguntado cómo, siendo –como diría mi abuela, nuestras abuelas- tan “menudita”, cómo hacía para cargar todos esos libros… Y se habrá hecho otra pregunta más importante: cómo haría para pagarlos.

Pero en el taller, durante esos años, conocimos también otro modo de la voracidad de Mariana, un modo intenso y revelador que nada tiene que ver, o es la antítesis exacta del vampirismo que tanto alimentan –como lo reveló alguna vez Roberto Bolaño, con mucha más gracia que yo- nuestros amados círculos literarios, y muy especialmente los talleres, o mejor dicho los que malinterpretan esa idea; un vampirismo que, no vayan a creer, no es una metáfora: se trata de chuparle la sangre al otro, de agotarlo, de dejarlo seco. Un efecto todavía más nocivo que el habitual té de señoras en el que se convierten con facilidad otros tantos talleres, que por supuesto también interpretan mal la idea, o utilizan la palabra “taller” porque “espacio en el que nos expresamos libremente sin tapujos” resulta una denominación algo larga para el brevísimo espacio de las agendas.

No: lo de Mariana -y prometo que intentaré hablar de una vez por todas en serio- implicaba un modo de trabajar y de conectarse con el trabajo del otro al que solo le cabe el término generosidad. O en verdad le caben muchos, y uno de ellos es inteligencia. Y como sabemos que existen muchas clases de inteligencia –aunque la bobada de los test intente negarlo-, entonces sumémosle otros condimentos: criterio, agudeza, ambición, sensibilidad, y cada vez más conocimiento. Mariana era –le pido disculpas a los compañeros- la que mejor escribía, y sin embargo era la más humilde, la que mejor aceptaba las críticas, la que creía más en los otros –a veces más que ellos mismos-, la que entendía que la literatura podía ser, o era, un bien común. No se dejen engañar: sus críticas eran precisas, duras, y ella era la prueba de que nada de eso tiene por qué pelearse con la nobleza; por el contrario, quizá no haya mayor muestra de respeto que tomarse al otro en serio.

Pero nos estamos refiriendo a un espacio, a una experiencia, y de lo que yo quiero hablar en definitiva es de una escritura. O mejor: de una escritora. Una escritora que ya conocía su norte, y que no poseía casi ninguno de los vicios con los que la mayoría hemos cargado en algún momento. Una escritora que ya sabía dónde estaba el ruido, y entonces, que en parte la escritura consistía en resistir tentaciones. La tentación de poetizar gratuitamente, o como me dijo un amigo hace muchos años, la tentación de dejarse vencer por la sinécdoque (la parte remite al todo, podríamos decir; pero el todo suele no llevar a ningún lado). La tentación del efecto, del lenguaje solo como forma: es cierto que es allí, en el lenguaje y no en el efecto, donde se da la batalla esencial, pero también lo es que hay una historia que necesita ser contada; y al menos yo –creo que Mariana tampoco- no tengo tiempo para prestar mi oído a la simple pirotecnia. Y entre muchas otras, la tentación del estilo, que es la tentación de la soberbia, pero también de la comodidad, y que por sobre todas las cosas es una cárcel.

Cuando uno se encuentra, después de todos estos años, con un libro como Cotidiano, con una escritora como Travacio (y vuelvo al apellido porque es preciso decir esto, decírtelo, con toda distancia), lo que se advierte es que la literatura es, en esas páginas, una necesidad, una necesidad profunda y verdadera (profunda, y por eso verdadera). Una necesidad que muchos escritores sobreactúan, como si no pudiesen respirar de otro modo, pero que en Travacio es la aceptación innata de un riesgo, de, ya lo dije, una angustia. “Cuando Dios te da un don, te da un látigo”, escribió el torturado Truman Capote hace treinta años, y terminó su vida con la espalda llena de marcas. Travacio no eligió su don, pero sí aceptó sus ropajes, y aceptó también perderse en sus pesadillas.

Muchas de esas pesadillas están retratadas en estos cuentos, que son de una factura impecable, hijos del talento y, ya –aunque se me ofendan los fundamentalistas de la inspiración-, del oficio. Un oficio que logró con su propia sangre, su propio insomnio, a fuerza de latigazos.

Tan sencillo o inocente como parece, el título del libro es revelador, y alude secretamente al núcleo –expreso y tácito, podríamos decir parafraseando a Walsh- de todos los cuentos. De él se desprende lo más perturbador, su efecto más perdurable, lo más enfermizo de cada una de estas historias: toda esa oscuridad está ahí, agazapada, actuando silenciosamente sobre la realidad, dispuesta a salir a la luz. O en otros términos: a oscurecerla. A oscurecernos.

Para terminar, Mariana, de vuelta Mariana para mí, quería pedirte permiso para ejercer un acto de justicia o reparación histórica, para con mi amigo, pero también como un modo de disculpar a mi colega, o más bien aclarar los tantos. Yo quiero agradecerte, también. Pero agradecerte en serio. No por corregirte, ni seguirte corrigiendo, ni haberte corregido, ni ninguna conjugación estúpida de un verbo que nunca transitamos. Quiero agradecerte por el espacio que compartimos, y que seguiremos compartiendo, como camaradas que siempre fuimos, y que a los dos nos permite seguir aprendiendo. En todo caso, con el cariño que sé que me tenés, te pido disculpas por anticipado por si en algún momento se me va la mano; es decir, si los colmillos empiezan a notárseme. Te juro que me alcanza con un poquito, apenas, de tu sangre”.

José María Brindisi

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