Palabras del poeta Pablo Serr en la presentación del libro “El otoño circular” de Tomás Sufotinsky.

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Notas a El otoño circular, de Tomás Sufotinsky

Lo que sigue es resultado de un ejercicio de lectura no invasiva. Dejándome llevar por la multitud de destellos que provocan los versos de El otoño circular, me encontré de pronto sumergido en un universo en el que los objetos se licuaban, como dice su autor, ante una mirada lúcida, una mirada literalmente sin pensamientos, a esa hora en que la luz deja ver de sí, fosforesciendo, los fantasmas que la habitan. El mundo, parece querer mostrarnos la poesía de Tomás, es una transparencia alucinada, y en ver eso, en poder verlo sin pensarlo (hacerlo austeramente legible), radica la auténtica experiencia del poema. El otoño circular es, pues, esa brecha invisible por la que se cuela el instante en que al fin todo sucede, todo a la vez y por todas partes, anunciando la presencia última de lo que hay: son las brasas que quedan de un mundo todavía por venir. Nada más contundente que estos versos:

[Nocturno del crepúsculo]

Recortados, superpuestos,

cuando la mirada se cuelga

y se licúa desde la ventana,

brotan oscuros y sobre ellos

otras como luces

en su presencia concreta,

bajo un celeste de fuego

pálido, y unas nubes largas

y flacas por brasas

que laten y se apagan

hasta quedar grises

y después negras,

hasta que el negro naciente

se gane el cielo

de donde brotarán otras.

Se da, así, testimonio del surgimiento irradiante del poema, un sol que se ahoga en sangre de su nacimiento, que abreva en esa umbrosa luminiscencia. El otoño circular es la cifra de oro de ese silencio triste que invade siempre la hora más oscura, aquella en que la ciudad se recorta del cielo encandilada por enormes espejos opacos. La escritura de Tomás ilumina de puentes el abismo, sus poemas se tienden de sí para unir distancias irreconciliables como la que existe entre el día y la noche, o entre la palabra y el silencio. Se trata de un trabajo vespertino en música de ramas que quiebran por contraste la inexorable placidez de volver a despertar en nada. La mirada trasluciente abre los sonidos del ocaso, busca en sus entrañas los signos de una lengua desconocida con la que poder asumirse. Y de pronto ya hay un puente hacia algún lugar insospechado, plagando la memoria de un recuerdo sin tiempo aproximado. Quien da testimonio no sabe si se le irá la vida en ello, busca ser parte de esa unión que sigue al pensamiento cuando éste ha quedado atrás: «y apenas hacia el norte las luces del puente/ bajo el que pasáramos triunfantes…/ Y ahora allá enfrente una lucecita/ tenue, en la isla, titila y fantasma», rezan los versos de «Travesía». Me hacen acordar a aquellos de Mak Dizdar: «Sanjah/ da ću jednom/ izgraditi/ most do sunca… [Soñé/ que alguna vez/ construiría/ un puente/ hasta el sol]». El otoño circular reclama sangre en el recuerdo; el poema entonces acontece, gesta de luces y sombras aturdidas de inmensidad, «entre balcones encendidos». El poemario empieza y no culmina, se lee una y otra vez en ese tiempo espinoso de un otoño que logra colmarlo todo. Tanto «Concesión» como «Alegoría», respectivamente el primer y último poema del libro, quedan suspendidos hacia el infinito del lector que los encuentre: «Lo último», se nos advierte, «es la consumación…». He ahí el instante en que adviene el otoño circular, «su morir detenido» en la mirada crispada por «el sentimiento más lúcido que nos es dado vivir». Es el modo que tienen las cosas para atestiguar de sí ante su huída o su aniquilación. Abismado y fiel, el poema queda ya tendido entre la casa vacía y el universo pletórico. El poema es el ojo del que brota la luz de la mirada y ciega de gracia se derrama…

[Ese tordo que pasa siempre al filo de la mirada]

Viene a caer así de la nada

cualquier día, eso, indescifrable,

¿un sentimiento? ¿una idea?

No sé, pero se materializa en la fantasía,

en la mera fantasía del recuerdo

o de ponerme los zapatos de los últimos días,

y tal vez apenas se proyecte

sobre lo que dura un conjunto de acciones

denominado unidad: lavar la ropa,

preparar los mates… y se va,

pero queda como el brillo del sol tras el cielo cubierto

el resto del día.

Pablo Serr

Noviembre 2015, Rosario

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