Reseña de los libros “El hemisferio del lado en que quedamos” de Ana Claudia Díaz y”La brecha que existe entre los cuerpos” de Daniela Camozzi.

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En el II Festival de Narradores y Poetas, desarrollado el viernes 28 de septiembre de 2018 en el Centro Cultural Parque de España de la ciudad de Rosario, Argentina, el poeta Santiago Hernández Aparicio leyó reseñas de los libros de las poetas residentes en Buenos Aires, Ana Claudia Díaz y Daniela Camozzi. Les dejamos a continuación el texto:

“Hoy tenemos la suerte de contar con las autoras de dos libros bellísimos que enriquecieron el catálogo poético de Baltasara Editora, del cual tengo la alegría de formar parte. Digo “alegría” y no “orgullo” porque más allá de las trayectorias de muchas y muchos de sus integrantes se trata de una colección de la poesía que más disfruto de leer: atenta a la hechura artesanal del verso, potente en lirismo sin perder en amplitud estética ni valor experimental; audazmente anacrónica y, por lo tanto, inevitablemente contemporánea.

Ana Claudia Díaz es la autora de El hemisferio del lado en que quedamos. Nació en Santa Teresita en 1983 y actualmente vive en Buenos Aires. Publicó otros tres libros de poesía (Limbo, Conspiración de perlas que transmigran y Una cartografía de la insolación) y tres plaquetas del mismo género (Vuelto vudú, La ecología de las poblaciones y Al antojo de las anémonas). Colabora como reseñista y ensayista en diversas publicaciones. Coordina talleres de poesía y clínicas de obra.

En sus reflexiones sobre la imaginación material, Gaston Bachelard sostiene que “los poetas del agua participan menos de la realidad acuática de la naturaleza que los poetas que atienden el llamado del fuego o de la tierra”.  Nada menos cierto en el caso de El hemisferio del lado en que quedamos, y no sólo porque la imaginación sueña un bosque etéreo de símbolos marítimos sino, y sobre todo, porque asume cierto dramatismo del mar, cierta intensidad que en el pasado ya ha llevado a un Herman Melville a describirlo como un caballo desbocado y sin jinete que, así y todo, es el verdadero rey del mundo. Y si, como presumimos, Ana Claudia Díaz participa intensamente de su medio acuático ¿De qué mundo estaríamos hablando? De la mitad del mundo en que quedamos, claro, porque “la sensación del agua es siempre la misma”, pero si “hay un río cerca / lo descifro” porque “en la vegetación que me abunda / las ciénagas me envuelven con su canto / escucho que me hablan”. Estas aguas que facetan a la sujeta lírica que en ellas se mira, y que anegan la voz que intenta recuperar la experiencia mediante la memoria, condicionan la estructuración formal del libro: los poemas se suceden asumiendo el primer verso como título y las tres secciones en que se agrupan están separadas sencillamente por signos gráficos, como si se tratara de una ola que, aunque progresiva en el avance, no cede en su unidad.  Esto no se debe exclusivamente a la demarcación de un tono unitario, sino quizá a una poética de la inmanencia que desconfía de la taxonomía, del nominalismo, de la conceptualización, y lo pone en práctica en una red de imágenes que cuestiona a la mirada como órgano privilegiado del conocimiento. Por un lado, la imaginería solar y luminosa, porque “la insolación vuelve al paisaje una leyenda / que se traspasa de vos en voz”: el “pez meteoro”, los “islotes naranjas”, el sol “de mandarinas horneadas”, los “rubíes”, las “ágatas”, son promesas de retorno o de recuperación que colisionan contra “un muro de agua”, o que se refractan en un “espejismos incandescentes”.  Por el otro, están los “lugares en la oscuridad” a los que accede el “cuerpo muelle”, pues desarregla los sentidos, ensordece “en flores de placer” para “plegar las imágenes / sacarlas de la oscuridad de largo aliento” a través de un uso muy personal del surrealismo. Esta aparente oposición se resolverá en dialéctica cuando se admita la condición de irrecuperable del tesoro recordado, que en ese acto se volverá paradójicamente tangible: “la obstinación de la rutina y el retorno / como un búmeran dentro de la memoria / a veces cava un pozo tan hondo / que solo a tientas y sin luz te deja volver”.

Daniela Camozzi es la autora de La brecha que existe entre los cuerpos. Nació en Haedo en 1969 y actualmente vive en Buenos Aires. Publicó tres libros de poemas (La felicidad ajenas, Mones Cazón y El amor en Blade Runner) y tradujo, independientemente o en colaboración, a Joseph Brodsky (Canción de cuna y otros poemas), Muriel Rukeyser (Donde sea que vaya y otros poemas) y a Howard Philips Lovecraft (Cuentos de H.P. Lovecraft). Coordina talleres de poesía y otras actividades en el Centro de Integración Frida para mujeres cis y trans en situación de calle. Integra el colectivo artístico Espiral 6 y la organización social feminista No Tan Distintas.

El prologuista define a la poesía de La brecha que existe entre los cuerpos como una armadura pero no en el sentido, como podría parecernos a primera vista, de una prisión de rígidos preceptos, sino como el resultado de un trabajo de desarme, de disolución, de progresiva desnudez, porque la piel se endurece ante el viento hostil, los pies “se vuelven / cada vez más fuertes, / cada vez más corpóreos”. Esta paradoja se sostiene y resulta fértil en el mundo poético y político porque Daniela Camozzi desafía el sentido común occidental según el cual la sustancia precede a los accidentes, los fenómenos al noúmeno, la esencia a las apariencias, lo que es a lo que es percibido porque “un cuerpo debe quedar fijo / de una vez / y para siempre”. A lo largo del libro se realiza una exploración arqueológica de las capas del mandato social: las técnicas de la liviandad, la santidad, la maternidad, la civilidad, quizás resumibles, en tanto que experiencias, en el verso “pero sólo he ganado discreción para mi lastimadura”. Estas capas, irónicamente poetizadas, se descascaran y dejan lugar a una nueva piel, a una armadura sin caballerx que ocultar: “Esta herida obsesiva, / abierta, / es sólo mía”, dice la voz lírica o “un órgano, un tejido / se desquicia”.  Lo que resulta inevitable, sin embargo, es la marca del dolor, porque la brecha que existe entre los cuerpos es insalvable. Los versos, en una lengua directa y hábilmente encabalgada, de pronto se vuelven conscientes de la posibilidad del malentendido, de que la traducción existe porque “la palabra / que yo quise caricia / sufrió / en su viaje hacia vos / la peor transformación / y te lastimé / de un modo que ya / no podré reparar”. Ante esta posibilidad aparentemente desoladora, la tarea del despojamiento y la armazón constantes no cede, rebelde a la supremacía de la vigilia sobre el sueño para “ver lo que queda oculto / cuando andamos con los ojos abiertos” o simplemente confiarse distraída a la mirada del amor en un sueño, cuando la comunicación resplandece “sin traducciones ni diccionarios”.

Santiago Hernández Aparicio

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