“Par de seis” de Federico Ferroggiaro.

Reunir en un libro un conjunto a primera vista heterogéneo de relatos es proponer un viaje a la deriva, sin mapas ni brújulas, que no siempre conduce a un puerto conocido. Sin embargo, las obsesiones, los temas y las búsquedas recurrentes fuerzan el armado de series tentativas para orientar el derrotero. Por eso, y en un afán matemático y de equilibrio, deseos por lo general inasibles, Par de seis acopla dos grupos de ficciones bajo los subtítulos: “Lo sólido desvanecido” y “Fragmentos del discurso amoroso”, en un gesto que tiene pretensiones de homenaje. Como sea, y sin voluntad de ser exhaustivo, en los doce cuentos que siguen conviven escritores desconcertados, mujeres polimorfas, imaginerías ucrónicas, proyecciones discursivas y un adolescente asesino. Todos pueden ser amarras de un instante placentero.

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“Biografía de Rosario – El mito Francisco de Godoy” de Fausto Hernández.

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Escribe Osvaldo Aguirre en la contratapa del libro:

“A fines de la década de 1930, Fausto Hernández ya se había consagrado como uno de los escritores más importantes de Rosario. Poeta, dramaturgo y periodista, tenía una activa participación en la vida cultural de la ciudad y entre otras intervenciones públicas había promovido la publicación de revistas de vanguardia. La edición de su segundo libro de poemas, Pampa (1938), significó un reconocimiento que se manifestó en homenajes y reseñas. En ese marco comenzó a escribir su libro más extraño y polémico, Biografía de Rosario. Precedido por notas escritas, primero en colaboración y luego en forma personal, en el diario La Capital, el libro retomó y profundizó la crónica de Pedro Tuella respecto a los orígenes de Rosario. La controvertida versión provocará una áspera polémica con los historiadores y será motivo casi veinte años después de la aparición de un desafiante apéndice, El mito Francisco de Godoy”.

 

“El cajón de las manzanas podridas” de Paula Irupé Salmoiraghi.

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Escribe en contratapa el poeta Pablo Serr:

El cajón de las manzanas podridas es el libro de los poemas que ningún lector cómodo quisiera encontrarse nunca. En la poesía de Paula Irupé Salmoiraghi no hay lugar para conveniencias ni reparos, cada palabra (buena o mala) está obligada a entablar batalla, desafiante y certera, contra las feroces voces de los otros, siempre presentes. El conjunto de los textos demarca, así, un territorio de sólidas inestabilidades, desde el cual alcanza su propio “podrido equilibrio”: Como si la tabla donde piso/ se apoyara en el agua/ y mi cuerpo fuera un caramelo/ que con la lengua/ llevás y traés. Se trata de una escritura que, fiel a sí misma, reniega de la forma pero no la elude, por el contrario, a fuerza de armonías y serenidades crispadas logra hallar cada vez el modo de decir, sin tachaduras, sin rechazos cobardes, lo que es urgente aunque no se deba: Bueno,/ ya saben:/ Mi marido es negro/ y estos poemas/ son terapéuticos.

“García Lorca, el duende en Rosario” de Daniel Feliu.

Fue poco más de un día, pero quedó inscripto para siempre en el pasado cultural de Rosario. El 22 de diciembre de 1933, precedido por la repercusión del estreno local de Bodas de sangre, Federico García Lorca llegó a la ciudad para pronunciar la conferencia Juego y teoría del duende, compuesta poco antes, en el Teatro Colón. El episodio perduró en crónicas periodísticas y en las memorias de los testigos y es retomado por Daniel Feliu en una exhaustiva investigación, que se propuso “sacar el velo a aquel pasado” y descubrir las circunstancias de la visita del poeta y los personajes que lo rodearon. La figura del poeta moderno en la ciudad del cereal se revela, por un lado, como el protagonista de una trama en la que intervienen empresarios, actores y periodistas rosarinos y, por otro, recupera parte de su propia historia familiar, una de las razones secretas de su viaje.

A través de la prensa de la época, de testimonios orales y escritos y de documentos inéditos, Daniel Feliu logra una reconstrucción minuciosa que ilumina un episodio desconocido y fascinante en la vida de García Lorca, y en la historia de la ciudad que lo recibió en un día extraordinario.

Osvaldo Aguirre

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“La tierra de los mil caballos” de Gabby De Cicco.

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Escribe Osvaldo Bossi en contratapa del libro:

“Desde el comienzo, toda la poesía de Gabby De Cicco parece centrada en la búsqueda de un nombre. Una palabra liberadora que no sea, además, una cárcel. Belicosa, casi siempre. En un estado de guerra  y de amor que incluya todas las revoluciones posibles. La poesía misma como una postal de fuego.

Eso sí, no está solx. Otros ángeles -tan hermosos e irredentos como ellx- le acompañan: Patti Smith, Allen Ginsberg, Rimbaud… Al fin de cuentas, el rock también puede ser una elegía en medio de la noche invernal.

Galope, ritmo. Imágenes que estallan, se mezclan, vuelven. Copulan, unas con otras. Sin paz, sin tregua. A esa forma de vida Gabby la llama La tierra de los mil caballos, y con esa misma fuerza se impone en cada uno de estos versos que, como una nueva aurora, señalan otra posibilidad y otro camino. No sé cómo decirlo, pero a través de su lectura, todos de alguna manera nos curamos, nos salvamos, nos encontramos a nosotros mismos, quizás.

Entre marchas, pancartas, canciones, libros prestados, leídos, subrayados, partes de guerra, amores (muchos amores), pequeños abrazos, melancolía… los poemas de Gabby De Cicco alzan su voz en medio de la noche para que la injusticia no sea tal, y donde nada (no importa lo pequeño que sea) quede sin ser nombrado. Donde poesía y realidad (realidad y deseo) se unan, al fin, en un dorado hilo de amor que fuera soberano, indestructible”.

“Sommelier de infiernos” de Cristian Acevedo.

“En los cuentos de Sommelier de infiernos se abordan situaciones reales como una entrevista de trabajo, una visita familiar, una niña que acumula mentiras, y tantas otras más, que se van transformando en desconcertantes y terroríficas. Con una prosa despojada de todo artificio el autor nos introduce en un mundo imaginario del cual es difícil salir.

“A lo de la abu Noelia no voy más. Y no porrque sea el lugar más aburrido del mundo: sin tele, sin compu, sin juegos de mesa. Ni muñecas, ni nada de nada. No, a todo eso ya me acostumbré. Si hasta dormir la siesta ya no me parece tan raro como las primeras veces”.  Así comienza “Última visita” y sólo al leer los párrafos finales entenderemos el porqué de la negación del comienzo, aunque nos llame la atención una erre propia de un error de tipeo.

 

“Con un humor sutil y elegante, Cristian Acevedo escribe cuentos de terror que subvierten el género, que lo mejoran. Una buena obra de un autor que vale la pena tener en cuenta”.

Fabián Martínez Siccardi

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“Cita en la espesura” de Liliana Díaz Mindurry.

En el prólogo de la novela Cita  en la espesura de Liliana Díaz Mindurry, escribe Gabriel Guralnik:

“Hay un cuadro que representa el mismo salón donde está colgado, en forma exacta, con todos sus detalles. Refleja todo, menos la imagen de quien está sentado en el centro del salón y se busca, inútilmente, en el cuadro. Como el mapa de un tesoro donde todo pareciera estar señalado, menos el tesoro. Ese extrañamiento es, en sí mismo, el primer indicio del tesoro.

Pilar llega a la casa de Silvio y no parece estar buscando un tesoro. A menos que el límite entre lo geométrico y lo amorfo, el agua clara y el barro, la cordura y la locura, sea un tesoro. Marcos, el ausente, está todo el tiempo con ellos. El juego de triángulos se reproduce en cada pasaje del relato, como si el relato mismo dibujara los ángulos. Los colores –rojo, negro, dorado- los libros que son colores –Agustín, Platón, Kierkegaard- el infinito que son libros que son colores –biblioteca, acuario, barro- dibujan también un cuadro, donde quien se escurre del dibujo no es ya Pilar, sino el deseo mismo.

Las imágenes triangulares se entrelazan unas en otras, unas con otras, a través de un plano donde el bien y el mal también se entrelazan. La segunda persona del singular interpela al protagonista, pero también al lector. El contrapunto del diálogo, cuando aparece en segunda persona, golpea al lector, aunque vaya dirigido al protagonista. El ritmo del relato, vibrante, con cambios de velocidad precisos, obliga a no despegar los ojos del texto hasta el final.

Y es que el misterio atraviesa la novela hasta el último párrafo. ¿Quiénes son Pilar, Silvio y Marcos? ¿Quién disparó los tres tiros? ¿Quién arrastró a quién hacia el homicidio? En la intriga los personajes van formando un dibujo donde lo triangular se vuelve una ordalía de vértices opuestos. La violencia es la paz, la geometría es el caos, el grito es el vacío. La familia de Pilar también parece estar allí, con ella y Silvio, dando cuenta de una historia, de una trama que no pertenece a quien la vive. La defensa inútil del boxeador vencido, el saber vacío de la bióloga autoritaria, la espesura como última barrera de protección frente al miedo, frente a lo indecible.

Pero también como parte de lo indecible. Porque la espesura es el abismo indistinto del que nacen las palabras. Es el agua y son las palabras y es el silencio y es el barro. Es el juego de opuestos que se funden y es el espacio entre los lados del triángulo. En esa realidad que se ablanda, que se contamina de palabras, Pilar busca un recuerdo acaso fundamental, que por alguna razón olvidó. Y lo busca con Silvio, o a pesar de Silvio, o contra Silvio. Las imágenes cambian su orden, y en cada permutación revelan algo nuevo. Marcos, el ausente, se insinúa como el operador de la permutación.

Hay narraciones que son como el mapa de un tesoro, donde cada detalle está señalando ese tesoro que se anuncia desde el inicio mismo de la historia. En otras, más sutiles, no hay flechas indicando burdamente dónde se encuentra lo que se busca. El plano muestra todo, menos el tesoro. Se genera entonces una búsqueda, un recorrido que obliga al lector a seguir, a crear con la lectura, y el tesoro aparece en los rincones menos pensados del plano. Porque el plano es el tesoro. Quien logra crear ese relato, es algo más que un escritor. Algo más, acaso, que un poeta. Muy pocos narradores, de tanto en tanto, lo consiguen. Liliana Díaz Mindurry lo consigue siempre”.

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