“La Ley Muia” novela policial de Lucrecia Mirad.

La Ley Muia dice: La vida resuelve sola, siempre.

Evidencio Triputti, investigador privado, pasa un fin de semana en la laguna El Hinojo, cerca de Venado Tuerto. Una imagen absurda detrás de una ventana de Hotel enciende sus alertas.

Las ausencias de Don Ataliva Bustamente y Alejo Gaitán dan que hablar.

Nada es lo que parece.

Triputti permanece en la ciudad decidido a seguir su corazonada.  A la vez que investiga, se debate en desentrañar cuándo es útil soltar el rigor y cuándo es necesario recurrir a la Ley Muia.  Hasta cuándo comprometerse y cuándo dejar la terquedad para que la Ley Muia hiciera lo suyo, para que la vida resolviera lo que tenía que resolver. Sin presiones, dejándola hacer. Cuándo la construcción de un sueño se convierte en obstinación y cuándo es fe en uno mismo.

Un dilema privado entre la validez o no de levantarse más temprano; porque a veces madrugar está bien y otras veces, no se amanece más temprano.

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“China” crónicas de viaje de Pablo Bilsky.

La crónica o relato de viaje nace con la marca del asombro y la impotencia. Es la búsqueda de una palabra que no existe para describir algo que no se entiende. China reúne crónicas de viajes que narran situaciones ocurridas en ciudades de América, Europa y Medio Oriente.

El cronista de viajes intenta ordenar los caprichosos juegos de luces, sonidos y otras sensaciones difusas que lo asaltan en el mundo y sus engañosos, guiñolescos rincones.

El resultado de su trabajo deja una huella: el vestigio de una mirada que necesita la mirada cómplice de los otros para compartir sus asombros.

El viaje y la otredad son hoy productos del mercado. Y el mercado, en la era del neoliberalismo triunfante, es una nebulosa en expansión que pretende convertirlo todo, hasta la experiencia humana más íntima, en mercancía.

En el mundo se encuentran personas, fantasmas y objetos que dan cuenta de la lucha entre la intimidad de la experiencia humana y la prepotencia del mercado.

Los textos que integran China surgen del trabajo de poner en palabras esa lucha.

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“Toda belleza amante que colapsa” de Marina Maggi.

La estructura de este libro está hecha con tendones, con pelos, con uñas, todos templados al fuego de pasiones extinguidas, y sólo la irreverencia de una escritura virtuosa nos redime del método: ahogar uno por uno los deseos en la fuente misma donde nacieron, con sutileza, como si fueran hijos amados cuyos cadáveres dejamos secar al sol, mientras los peinamos. (…)

El mayor mérito de esta poesía es el de arrojarnos un modo de percibir concreto, donde la promesa del mundo es una infección en la boca, un golpe en el estómago o una resistencia irreversible. Sepultados por los símbolos, escudriñar un sentido es una necesidad, no un mérito: pues cada noche soy un exiliado/ en las proximidades de tu risa. «Creo en lo fugaz, creo en lo fugaz, creo en lo fugaz», canta —con desconcertante voz de niña— una mujer, dispuesta a morir por eso, y ella misma es la que nos salva, dejándonos cara a cara con la imposibilidad, o mejor, con nosotros mismos.

Matías Nicolás Settimo

 

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“La huésped” novela de Florencia del Campo.

La protagonista de esta historia es una huésped pero sin “casa” para alojarse. Es huésped de un no-lugar. Una mujer que se interroga y busca una identidad, un sitio, un “alojamiento” donde hospedarse, porque no encaja, a pesar de los casilleros que ella sabe que le han sido adjudicados; “sencillamente” no encaja.  Como diría Julia Kristeva, somos “extranjeros para nosotros mismos”.

Toda la novela, bajo la forma de una pregunta no explícita hasta el final, y un desarraigo, una búsqueda o un intento de, es la descripción de una extranjeridad, que no solo es femenina (aunque eso la acrecienta) sino constitutiva de nuestra humanidad. La lucha por construirse, por hacerse un lugar en medio de una lengua extranjera, en medio del extrañamiento, es la lucha de esta mujer por hospedarse a sí misma en sí misma. Pero lo ajeno sale del propio cuerpo (nunca propio, siempre de otro), como lo más íntimo y lo más irreconocible al mismo tiempo. Es la extimidad absoluta.

 

“Una novela de prosa descarnada acerca del centauro de carne y palabra que somos, y de la construcción de la identidad que, como una soga, anuda los dos extremos”.

Valeria Correa Fiz

 

“Contar el desarraigo, la pérdida del idioma, las distorsiones que produce en el propio cuerpo y en la vida de pareja. La huésped de Florencia del Campo, habla de estas nuevas realidades con voz potente y original. Un libro conmovedor, imprescindible”.

Clara Obligado

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“Sópola temprar” de Fabián O. Iriarte.

      En Sópola temprar, Fabián O. Iriarte “templa” su erudición con astucia. Más allá de las versiones, las relecturas, los rescates y los diálogos establecidos con otros textos, el libro no pretende ser críptico. En este caso, confundir erudición con hermetismo es una falacia: la escritura consiste en desplegar temas y materiales sobre la mesa de trabajo para luego darles un orden, un sentido. La lectura avanza, por momentos, entre hierbas flamígeras de prado y otras veces, a tientas, en habitaciones a oscuras. Pero todo está ahí.

      Al leer este libro –y su obra anterior– da la sensación de que la propuesta del poeta tiene por fin la invención de una lengua. No abundan, sin embargo, ni los barroquismos ni los juegos retóricos. Es difícil de enunciar, pero es seguro que (como esas flechas que van contra la corriente o como el niño más antiguo) Iriarte evoca una palabra que existió o existirá. En sus poemas “todo comienza nuevamente”.                                                                                                                                                                                                        Carlos Fratini

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“Cosas que no existen más” novela de Sofía Castaño.

Por el país de la infancia transitan los monstruos. También las hadas, y los bosques encantados, pero sobre todo los monstruos, animales de aliento hediondo y colmillos afilados como el que acecha a Marina. La tía Eugenia, quien la acoge junto a sus dos hermanos tras la muerte de su madre, está cubierta de cicatrices que solo son visibles a través del reflejo del televisor, y la protagonista también tiene heridas que los demás no ven pero que son ciertas, porque duelen. Marina es mayor que sus dos hermanos y cuenta con la madurez necesaria para dudar de sus fantasías, pero ¿cómo es posible que deje marca aquello que solo imaginamos?

Cosas que no existen más nos brinda una elocuente reflexión sobre el duelo y la pérdida a través de un entramado narrativo en el que la realidad se vuelve tan porosa a lo fantástico que los límites se difuminan. Página a página, avanzamos hacia una disolución total de las barreras que nos separan del mundo donde habitan los monstruos, pero dicha disolución no implica necesariamente un trauma. De hecho, podría ser la clave para superarlo.

Aixa de la Cruz

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“Rosario, ciudad ocupada” crónicas de Pablo Ernesto Suárez

Como una aparición, el cronista recorre la ciudad. Poco importa si su mirada está subrayada por el yo, o escondida en el relato en tercera persona. Es el cronista el que mira, el que elige dónde iluminar y qué dejar en penumbras. Él encuentra un trazo comunitario en un barrio reciente, donde las mujeres se las ingenian para enredarse, aún cuando el trazado urbano las expulse al aislamiento. Es también él quien se deja llevar por los acordes del tango en la milonga, el que se sumerge en la historia de los desbordes del Ludueña y reactualiza aquel viejo graffitti de los 80: “Me voy a vivir a Empalme Graneros. Firmado: Aquaman”. Es también el que ronda con las eternas Madres de la Plaza 25 de Mayo en su incesante ejercicio de traer el pasado al presente. ¿Cuánto dura la memoria? se pregunta Pablo Suárez justamente en ese relato. Una respuesta posible es que permanece mientras haya alguien dispuesta a hacer foco, a hacer vivir un acontecimiento en sus palabras, que mantendrá su vigencia en tanto haya quien pueda encontrar cómo decirla. Eso es exactamente lo que hace Pablo Suárez en estas crónicas que colorean de otra manera la cotidianidad de una ciudad que es la de quienes la habitan, sí, pero es también la que él descubrió.

Sonia Tessa

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