“La tierra firme” de Matías Aimino.

     Lo primero que llama la atención al comenzar a leer La tierra firme es la limpidez del lenguaje, luego atrae el tono de esa voz que parece ser cómplice de nuestros ojos lectores, y enseguida se percibe la sólida construcción de un universo del que es difícil salir. Ya en un libro anterior, Archivos de Altazar, Aimino había trazado con notable solvencia los márgenes de esta clase de universos. Algo tienen estas dos novelas en común, lo que sin duda habla de la edificación de un estilo y el hallazgo de una voz personal, y tal vez también de la capacidad de envolvernos con el entramado de una historia que nos hace partícipes de este sugestivo modo de narrar. La seducción del lenguaje se apoya en el despojamiento y la palabra justa, un lenguaje que juega discretamente empleando anacronismos que nos ligan al tiempo en el que se desarrolla la historia, en la que no faltan barcos, hombres de mar y otros personajes de envergadura, milagros inesperados, transgresiones al orden social, abolengos y un final donde la tortura inquisitorial bucea con talento en la condición humana llevándonos casi al nivel del estremecimiento.

     En esta novela ambientada en el siglo XVI, con tramos de intenso lirismo que sin embargo no le restan efectividad al devenir de los hechos, donde puede rastrearse la tradición literaria de Libertad Demitrópulos y Antonio Di Benedetto, los personajes de Juanfuegos Uztáriz , su hijo Hernando de la Sienra, escribano y poeta, y finalmente su nieto de sangre india: Kebayaikin, van sosteniendo sucesivamente una trama tensa, con economía de recursos, en la que se destaca una cuidadosa reconstrucción de época. Sin embargo, por la revalorización de vocablos, modismos y arcaicos usos gramaticales, el registro de tres idiomas diferentes: latín, español y abipón, quizá no sería desacertado afirmar que es el lenguaje el hilo fundamental de la historia donde el valor de la palabra sella con peso propio una cultura que apenas trazó sus primeras marcas sobre la naturaleza.

Irma Verolín

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“Par de seis” de Federico Ferroggiaro.

Reunir en un libro un conjunto a primera vista heterogéneo de relatos es proponer un viaje a la deriva, sin mapas ni brújulas, que no siempre conduce a un puerto conocido. Sin embargo, las obsesiones, los temas y las búsquedas recurrentes fuerzan el armado de series tentativas para orientar el derrotero. Por eso, y en un afán matemático y de equilibrio, deseos por lo general inasibles, Par de seis acopla dos grupos de ficciones bajo los subtítulos: “Lo sólido desvanecido” y “Fragmentos del discurso amoroso”, en un gesto que tiene pretensiones de homenaje. Como sea, y sin voluntad de ser exhaustivo, en los doce cuentos que siguen conviven escritores desconcertados, mujeres polimorfas, imaginerías ucrónicas, proyecciones discursivas y un adolescente asesino. Todos pueden ser amarras de un instante placentero.

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“Sommelier de infiernos” de Cristian Acevedo.

“En los cuentos de Sommelier de infiernos se abordan situaciones reales como una entrevista de trabajo, una visita familiar, una niña que acumula mentiras, y tantas otras más, que se van transformando en desconcertantes y terroríficas. Con una prosa despojada de todo artificio el autor nos introduce en un mundo imaginario del cual es difícil salir.

“A lo de la abu Noelia no voy más. Y no porrque sea el lugar más aburrido del mundo: sin tele, sin compu, sin juegos de mesa. Ni muñecas, ni nada de nada. No, a todo eso ya me acostumbré. Si hasta dormir la siesta ya no me parece tan raro como las primeras veces”.  Así comienza “Última visita” y sólo al leer los párrafos finales entenderemos el porqué de la negación del comienzo, aunque nos llame la atención una erre propia de un error de tipeo.

 

“Con un humor sutil y elegante, Cristian Acevedo escribe cuentos de terror que subvierten el género, que lo mejoran. Una buena obra de un autor que vale la pena tener en cuenta”.

Fabián Martínez Siccardi

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“Cita en la espesura” de Liliana Díaz Mindurry.

En el prólogo de la novela Cita  en la espesura de Liliana Díaz Mindurry, escribe Gabriel Guralnik:

“Hay un cuadro que representa el mismo salón donde está colgado, en forma exacta, con todos sus detalles. Refleja todo, menos la imagen de quien está sentado en el centro del salón y se busca, inútilmente, en el cuadro. Como el mapa de un tesoro donde todo pareciera estar señalado, menos el tesoro. Ese extrañamiento es, en sí mismo, el primer indicio del tesoro.

Pilar llega a la casa de Silvio y no parece estar buscando un tesoro. A menos que el límite entre lo geométrico y lo amorfo, el agua clara y el barro, la cordura y la locura, sea un tesoro. Marcos, el ausente, está todo el tiempo con ellos. El juego de triángulos se reproduce en cada pasaje del relato, como si el relato mismo dibujara los ángulos. Los colores –rojo, negro, dorado- los libros que son colores –Agustín, Platón, Kierkegaard- el infinito que son libros que son colores –biblioteca, acuario, barro- dibujan también un cuadro, donde quien se escurre del dibujo no es ya Pilar, sino el deseo mismo.

Las imágenes triangulares se entrelazan unas en otras, unas con otras, a través de un plano donde el bien y el mal también se entrelazan. La segunda persona del singular interpela al protagonista, pero también al lector. El contrapunto del diálogo, cuando aparece en segunda persona, golpea al lector, aunque vaya dirigido al protagonista. El ritmo del relato, vibrante, con cambios de velocidad precisos, obliga a no despegar los ojos del texto hasta el final.

Y es que el misterio atraviesa la novela hasta el último párrafo. ¿Quiénes son Pilar, Silvio y Marcos? ¿Quién disparó los tres tiros? ¿Quién arrastró a quién hacia el homicidio? En la intriga los personajes van formando un dibujo donde lo triangular se vuelve una ordalía de vértices opuestos. La violencia es la paz, la geometría es el caos, el grito es el vacío. La familia de Pilar también parece estar allí, con ella y Silvio, dando cuenta de una historia, de una trama que no pertenece a quien la vive. La defensa inútil del boxeador vencido, el saber vacío de la bióloga autoritaria, la espesura como última barrera de protección frente al miedo, frente a lo indecible.

Pero también como parte de lo indecible. Porque la espesura es el abismo indistinto del que nacen las palabras. Es el agua y son las palabras y es el silencio y es el barro. Es el juego de opuestos que se funden y es el espacio entre los lados del triángulo. En esa realidad que se ablanda, que se contamina de palabras, Pilar busca un recuerdo acaso fundamental, que por alguna razón olvidó. Y lo busca con Silvio, o a pesar de Silvio, o contra Silvio. Las imágenes cambian su orden, y en cada permutación revelan algo nuevo. Marcos, el ausente, se insinúa como el operador de la permutación.

Hay narraciones que son como el mapa de un tesoro, donde cada detalle está señalando ese tesoro que se anuncia desde el inicio mismo de la historia. En otras, más sutiles, no hay flechas indicando burdamente dónde se encuentra lo que se busca. El plano muestra todo, menos el tesoro. Se genera entonces una búsqueda, un recorrido que obliga al lector a seguir, a crear con la lectura, y el tesoro aparece en los rincones menos pensados del plano. Porque el plano es el tesoro. Quien logra crear ese relato, es algo más que un escritor. Algo más, acaso, que un poeta. Muy pocos narradores, de tanto en tanto, lo consiguen. Liliana Díaz Mindurry lo consigue siempre”.

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“Anestesia” de Sebastián Bassano.

La poeta y narradora Carolina Musa escribe en la contratapa del libro de cuentos “Anestesia” de Sebastián Bassano:

Una pareja que cuida a un hornero herido, un hombre que no encuentra las partes de su cuerpo, un niño que mata a un pájaro queriendo o sin querer, un anciano al pie de la escalera, un calígrafo que inventa títulos para una mujer, un expedicionario probando diversos ritos fúnebres…los personajes de Sebastián Bassano se mueven en atmósferas raras y hablan cual torrentes en los doce cuentos que componen Anestesia.

“Me gusta escribir como pasatiempo. O sea, para que pase el tiempo, literalmente, para que fluya a los desagües de la memoria” afirma Bassano en “El calígrafo” y este desaguadero de la memoria funciona como estrategia de un narrador obsesivo, “atento a todo”, que pivotea entre la realidad, la fantasía y el delirio.

A través de una prosa que discurre delicada y sobria, en un conjunto tan variado como equilibrado en relación a técnicas formales, donde irrumpen toda clase de elementos fantásticos, Bassano juega con la estructura clásica de este género. Mientras desliza el eje del final sorpresivo, los cuentos decantan hacia un ligero estupor, más al modo del realismo; como si el narrador, cansado ya, decidiera de pronto hacer otra cosa.

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“Cotidiano” de Mariana Travacio

El escritor José María Brindisi escribe en la contratapa del libro de cuentos Cotidiano de Mariana Travacio:

“El mundo no acaba con un estallido, ya lo sabemos por T. S. Eliot. ¿Pero de qué trama está hecho ese quejido que es a veces un final, la disolución de algo, y a veces sólo un rumor, un ronroneo interno que reverbera en cada rincón de la mente y no deja respiro?

Los cuentos, las voces de Mariana Travacio transitan por esa estrecha franja, cuya única escapatoria parece materializarse en las dos caras de una misma moneda: la locura o el olvido, últimas estaciones de un viaje que con frecuencia apenas se inicia. La ajenidad o extrañeza de esas voces las vuelve peligrosas; exageradamente controladas, se hunden sin embargo en la desmesura sin darse cuenta, como si retardaran algo que sólo puede derramarse en la fatalidad.

Quizá haya un rasgo que defina la escritura de Travacio como ningún otro: ese rasgo es la angustia. Y si esa angustia se vuelve omnipresente para sus personajes no es porque distorsione la realidad, muy por el contrario: es porque anida en cada gesto, en cada movimiento. En el silencioso fluir de lo cotidiano”.

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“Una Ulises Veterana” de Elena Tardonato Faliere.

Sobre su novela escribe Elena Tardonato Faliere:

“Escribir esta ficción fue para mí como seguir una música. Amalgama de lo excepcional y lo cotidiano, lo arbitrario y lo común en resistencia a lo serio. Imaginé un tejido —o quizás él me imaginó a mí— en el que la historia y las situaciones de los personajes me llevaron a acumular detalles, a multiplicar estructuras, y especialmente, a recuperar lo cotidiano, lo contingente, para hacerlo irrumpir en un allegro de situaciones por momentos divagantes, insólitas y, finalmente, liberadoras.

En búsqueda de nuevas oportunidades, la protagonista de esta novela —de este viaje— se aventura por caminos que nunca antes hubiera imaginado, y escribe, sin proponérselo, la historia más antigua: la historia de una partida y un retorno que nos trae de vuelta hacia nosotros mismos”

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