“Algunas alteraciones en la naturaleza de las cosas” de Irma Elena Marc

“Novela del género fantástico con varios emblemas sobre la circularidad del tiempo, enlazados con los temas de la dictadura. Muy bien escrita y muy bien anudada en su estructura, a través de los temas recursivos que se resignifican”. (Del informe de la jurado del Concurso Nacional de Novelas “Municipalidad de San Martín 2010” Liliana Díaz Mindurry)

Publi TAPAS ALGUNAS ALTERACIONES

“Aunque ella nunca se entere” de Silvia Tombolini

Acerca de la novela  Aunque ella nunca se entere ha escrito Jorge Cohen:

“Desde el título, la novela de Silvia Tombolini invita al lector a meterse en el texto y descubrir quién no se entera, y de qué. Y es la lectura la que da respuestas, en un relato de estilo clásico, fluido y con un lenguaje no sofisticado, que utiliza todos los recursos del género, diálogos, la primera persona y la tercera, con cambios que mantienen la tensión y la atención sobre Violeta, la protagonista; y sobre su entorno familiar contemporáneo y el del pasado, que se ubican en un mismo plano. Es ese múltiple entrecruce el que le da entidad a la novela, en el que la autora mantiene un equilibrio narrativo que nunca pierde credibilidad. Hay también una marca urbana que hace su aporte a la identidad de la trama y es esa casa en la que vive Violeta, cuya ventana mira al Bulevar, y a esas hojas que vuelan hacia el cielo de Rosario.”

PUBLI TAPAS AUNQUE ELLA NUNCA SE ENTERE

 

 

“En el cuerpo quién sabe” de Carolina Musa

Publi TAPAS EN EL CUERPO

 

Dos hermanitas salen de la clase de piano. La mayor tiene talento y perseverancia, la otra, ninguna de las dos cosas. La mayor escuchó lo de la misa de cuerpo presente y tuerce el camino hasta la iglesia. Le preguntó a la madre si podía ir. La madre dijo que no.La menor lo había oído pero se hace la sorprendida.

La puerta de la iglesia está abierta. Se asoman. Se ve el cajón justo adelante del altar, apoyado sobre una mesa de madera.

— ¿Por qué lo tienen acá, acaso no tiene que ir al cementerio?

— Es que primero lo velan.

— ¿Le prenden velas?

— No, estúpida, le rezan para que se vaya al cielo.

— Pero si era cura.

¿Adónde más podría ir? La mayor no contesta. Se limita a mirarla con mezcla de sorna e indulgencia, como los grandes.

La menor obedece la orden de su hermana: quedarse sentada en el último banco de la iglesia. Los zapatos de la mayor chirrían en el suelo.

Dos mujeres van y vienen alrededor del cajón. Son las que ponen agua en los floreros y leen la biblia en la misa. Miran a las niñas rápidamente y continúan en lo suyo.

La menor alcanza a la hermana a la altura del séptimo vía crucis. También quiere rezarle al padre.

— Vas a tener pesadillas con el diablo y perros sarnosos.

La menor se encoge de hombros. La mayor resopla.

— Secreto de hermana –levanta el pulgar– y no le podés decir a nadie. La otra también levanta el pulgar, se tocan la frente y siguen caminando en puntas de pie, de la mano.

— ¿Tendrá los ojos abiertos? —susurra la menor.

— ¿Para qué?

— Para ver a Dios.

— No creo, Dios ya lo ve todo, además que ya está con Dios.

— Pero si todavía no fue al cementerio.

— Eso es el cuerpo, no el alma.

— Ah —la menor no había reparado en ello.

El cajón está abierto. La mayor cierra los ojos y murmura un padre nuestro con las manos juntas. La menor le copia. Pero espía un poco. El padre está idéntico. Con la sotana y la capa verde y roja de las procesiones, y el rosario enroscado en los dedos. No parece muerto. Si no fuera por el olor a vela con alcohol, el olor a muerto, parece a punto de lanzar unos gritos.

— ¿Te acordás cuando me retó?

— Shhhhh.

La menor cierra los ojos. ¿No tenéis nada mejor que hacer? Eso había dicho. Ella miraba una fila de hormigas en el patio de atrás, el día de catequesis pero era recreo, ni si quiera le preguntó. Es feo este cura. No se le entiende lo que dice y no le gusta estar acá, le gusta España.

La mayor también espía. La menor la ve. Ambas cierran los ojos al descubrirse mutuamente. Ya vuelven las mujeres de la misa. La flaca tiene los ojos hinchados de llorar. La otra es renga.

— Dios lo bendiga —dice la renga.

Las dos niñas se persignan y salen cabizbajas por el centro de la iglesia. La mayor hunde los dedos en el agua bendita y se hace la señal de la cruz en la frente. La menor también.

— ¿Decís que nos vamos a encontrar en el cielo cuando todos hayamos muerto?

— ¿Todos quiénes?

— Todos todos.

— Todos no, porque algunos van al infierno.

La menor piensa un poco.

— Pero nos vamos a encontrar en el cementerio.

La mayor piensa un poco.

— Eso no tiene nada que ver —concluye.

La menor no se atreve a contradecirla.

 

Cuento “Cuando todos hayamos muerto” del libro En el cuerpo quién sabe de Carolina Musa (Baltasara Editora, 2014)

“Llueve sobre los rieles” de Alejandro Hugolini

PUBLI TAPAS LLUEVE SOBRE LOS RIELES

 

“El Mago hubiera preferido regresar de noche, en un tren que atravesara la oscuridad de la pampa, interrumpida apenas por las luces de algún rancho lejano, por los faroles de una vieja camioneta, por la fantasmal luminiscencia de los animales muertos en los bajíos. Se soñaba acunado por un vagón oscilante, sintiendo el golpeteo rítmico sobre los rieles, cubriéndose a medias del aire húmedo y frío que entraría por la ventanilla, sin embargo abierta. Y con el alba apenas insinuada, vería cómo la luz blanca de la locomotora enciende las copas de los álamos, y escucharía el silbato agudo cortando en dos el aire y anunciando ya llega el Mago, ya trae la lluvia que esperaban. La nave clavaría sus frenos sobre las ruedas del hierro, resoplando y tensándose hasta quedar inmóvil. Entonces oiría el tañido de la campana y bajaría al andén de ladrillos rojos, cargando su pequeña y anticuada valija. Observaría al maquinista y al foguista charlando con el jefe de estación, caminaría unos metros hasta el cartel de hierro y tocaría con la punta de los dedos las letras despintadas para confirmar, como si fuese un ciego, que está otra vez allí, después de treinta años. Y una vez que el tren partiese, cruzaría las vías entre los últimos humos blancos de la locomotora y los primeros vapores de la escarcha derritiéndose. Después sólo le quedaría caminar hasta la plaza y esperar a que el bar abriese sus puertas.

Pero ya no había trenes a Ibarluxea cuando, parado al borde de su vejez, se animó a regresar. Y no era de mañana sino de tarde cuando bajó a la ruta, y los humos soñados, blancuzcos, fueron reemplazados por el oscuro vómito de un motor gasolero. Aparecieron dos perros, que no había previsto en su arribo imaginario, bastante bien alimentados y amigables. Eso lo tranquilizó. Comenzó a caminar hacia el norte, en dirección contraria al pueblo y lo acompañaron como un séquito disciplinado y atento, con las colas en alto y las bocas jadeantes, con el tranco ágil y preciso. Llegaron a un paso a nivel; cien metros más adelante, a la estación abandonada que se escondía tras la grisura de los silos: el cartel con sus letras despintadas todavía estaba allí, a un costado del andén.”

Fragmento de la novela de Alejandro Hugolini: Llueve sobre los rieles. (Baltasara Editora 2014)