“Vietnam” de Pablo Bilsky.

Vietnam es un libro de poemas que describe escenas, personajes, sueños, fantasmas, y anécdotas que tuvieron lugar durante una visita a ese país. Es también una crónica de viaje en verso, en prosa, y en imágenes fotográficas, que intenta describir un periplo que se desarrolló entre julio y agosto de 2018 e incluyó las ciudades de Hanói y Ho Chi Minh y poblados del delta del Mekong. Los poemas surgen de las notas de un viajero aturdido, como manotazos de un ser ahogado en la otredad, y en una búdica Mar Océana de motonetas.

Los fantasmas de la denominada Guerra de Vietnam están también, y se pasean orondos por los rincones (las pagodas, los lagos, los retacones banquitos de plástico, el bambú, los frutos opulentos, los cuencos del loto milenario) de uno de los pocos países del mundo donde esa contienda no se denomina así, sino Guerra contra los estadounidenses, o contra los sac mi (bandidos estadounidenses). Hanói, Ho Chi Minh City y el delta del Mekong se apilan, copulan y danzan, enloquecidos, junto a Rosario, la Argentina, Estados Unidos, y las palabras de José Lezama Lima, Ramón del Valle-Inclán, Henry Kissinger y John F. Kennedy, entre otros.

Una lengua tonal serpea en melodías de perfumes y colores. Una respiración que fluye marcando la distancia hacia lo inasible.

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“Los obreros de la tierra” de Luciano Trangoni.

Como toda la obra poética y narrativa de Luciano Trangoni, este es un libro sobre el sufrimiento de los inocentes, literatura templada en la llama infernal del capitalismo tardío; surgió como respuesta coyuntural urgente y decantó en una síntesis esencial.

El eje temático que titulaba su poemario anterior, El sanatorio de los hechiceros imaginarios, se continúa aquí en “El hospital de los réprobos”, una balada en secciones sobre el inframundo en vida del encierro institucional. Epigramáticas y contundentes denuncias sociopolíticas se intercalan además con escenas levemente siniestras de la vida doméstica cotidiana, desarrolladas en poemas narrativos extensos. Estas viñetas novelescas en verso aúnan la clara síntesis del poeta y el pulso de narrador al que nos tiene acostumbrados en sus contratapas de Rosario/12 y en sus libros de cuentos.

La estética de Trangoni es transparente pero no simple. Se centra en una cuidada selección léxica en función de una atmósfera consistente y un tono implacable. Una vez más, atraviesa su poesía un micro-manifiesto sobre la propia práctica: en su letanía, el poeta deviene “escriba del infortunio”, “amanuense del absurdo”, un enciclopedista del hambre y un peregrino del desierto cuya austeridad lo libra en parte de ser esclavizado; pero al final y por encima de todo, es: “un hombre / que ama / como un recién nacido”.

La palabra del poeta busca aquí enunciar la voz que nos despierte de la pesadilla del horror normalizado, aquella que lo señale de tal manera que podamos horrorizarnos y reaccionar. Esta palabra poética es profética, en el sentido de la función social del poeta como despertador de la conciencia de quienes lean estos “testamentos apócrifos / en mitad de un relato / hecho de monedas y fusiles / mapas de viento / y cenizas”.

Beatriz Vignoli

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“Hamlet en la azotea” de Liliana Díaz Mindurry.

El tema de este poemario es la lectura del Hamlet en la imaginería de una azotea (cerebro, espacio de pensamiento) donde vive una niña en los años sesenta y otra niña posible del siglo XXI. ¿Cómo se encarna una lectura en una vida? ¿Se puede hablar de la reescritura de una vida a partir de la experiencia lectora? ¿Las obras clásicas modifican los entramados vitales, subvierten los mandatos, son, en definitiva, revisación del lenguaje, incluso del lenguaje de una época?

Esta obra cuestiona los géneros literarios como compartimentos cerrados con meros fines de didactismo. ¿Es un poema, una narración, una pieza dramática? Porque el poema narrativo luego se convierte en una pieza teatral o adaptable a teatro. La autora de “La maldición de la literatura” considera que cualquier género literario tiene  un sustrato poético.

Con ironía melancólica nos internamos en un juego de cajas chinas y las inevitables simulaciones, espionajes, mentiras, disimulos. En la traición de cualquier lector y de cualquier escritura.

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“Los aplausos del viento” de Clarisa Vitantonio.

Como quien consigue entrar y salir/ por puertas invisibles, Clarisa Vitantonio se desplaza en Los aplausos del viento a través de pliegues y recovecos que se van haciendo surcos. 

Poemas despojados, sin títulos, sin mayúsculas, sin negritas, casi sin puntuación. Y un campo semántico que insiste en rumiar las ausencias, los abismos, la soledad, el silencio, los vacíos que ocupan unas presencias indefinidas del pasado: a veces ato una soga/ para encontrar un fantasma/ en mi espalda, dice la poeta y se interroga todos los fantasmas/¿para qué vienen? en un doble movimiento que pone en jaque a la memoria: una memoria de pez/ en un mar que no se halla.

El pulso de un tiempo perdido –en la letanía/ de una puerta/ de una casa/ de un suburbio/ de una ciudad– es el que late en estos poemas. También la persistencia de la lluvia –que cae a veces a cántaros, a veces gota a gota/ como tortura china–, y la persistencia de un viento blanco, abismal, que humedece las ideas. Cae la lluvia y no se puede hacer nada, dice Vitantonio, más que levantar paredes/ para no percibir/ los aplausos del viento.

Pero, no obstante, una entrada de luz ilumina esa gravedad bucólica. Justamente es en el acto de la escritura donde aparece, o apremia, la luz y la reconciliación: volver a ser –dice la poeta–, salir del hueco, encontrar las piezas que sobran o que faltan, volver a delinear/ el mundo.

 Carolina Musa

 

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Foto: GJC

“Teoría de la niebla” de Alicia Salinas.

Si toda teoría es un punto de partida, una posibilidad de acercamiento a una zona de conflicto o incertidumbre, la lectura de este nuevo libro de Alicia Salinas se impone como la voluntad de descifrar lo oscuro, lo difícil, lo subterráneo a través de la palabra poética.

Como en la cita de Circe Maia que encabeza el poema Culpa, se trata de atacar con palabras cosas delicadas, de develar los mecanismos que nos llevan al sufrimiento y nos impiden dejar atrás la inercia del pasado, en un recorrido que transforma lo vivido en puro aprendizaje, porque están en juego cosas delicadas como el dolor, la ausencia, el deseo.

Podríamos decir que toda mujer proviene de una estirpe, de una matriz de silencio, de una genealogía de lo callado que deberá revertir  para evitar el terror de trasvasar las preguntas a las próximas  generaciones.  En ese intento, cada poema se convierte en el escenario de un combate cuerpo a cuerpo, palabra a palabra, para dilucidar el sentido de la niebla y descorrer su cortina engañosa. Una travesía acompañada por el viento del lenguaje, por la palabra que sopla y golpea.

Celia Fontán

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Foto de tapa: Maximiliano Conforti

 

 

“Pequeñas casas” de Federico Tinivella

La mirada de Federico es fotográfica, y eso se puede observar en los poemas de Pequeñas casas. Registro entre lo surreal y lo urbano-litoraleño. Poemas que capturan ese detalle que no se le escapa al ojo detrás de la pluma-cámara.

Gelman, Orozco y Zotto acompañan cada una de las tres partes en que está armado el libro. Sus citas son llaves que abren las puertas a diferentes dimensiones poéticas. Sobrevuela Spinetta en algunos giros del trompo-poema.

Potencia de lo breve, fuerza del destello que une la memoria del niño con el adulto que observa a sus hijas, a la pibada del barrio o de las islas.

Pequeñas casas es la caja de resonancia donde encontramos las diapositivas o polaroids que Tinivella no se había animado aún a presentarnos. Acá están, finalmente, expuestas a nuestra mirada.

Gabby De CIcco

 

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“Con el amor no alcanza” poemas de Maia Morosano y fotografías de Maximiliano Conforti.

Con el amor no alcanza, de Maia Morosano y Maximiliano Conforti, es un libro acerca del deseo. Del deseo como herida y como sutura.

… El amor, el deseo como heridas, como marcas, como cicatrices que deja en el cuerpo el encuentro con otro cuerpo. La celebración, el sexo, los rituales, el banquete, la gracia de haberse encontrado para después perderse.

 (…) La potencia revolucionaria del deseo es el corazón de este libro. Un corazón terco y batallador que no se detiene, que se muestra y que nos muestra cómo pueden dos mujeres -en la intimidad, en el mundo que crean puertas adentro o en la calle, a plena luz del día- esquivar las balas y los palos, defender su poder y su rareza, es decir, ganarle la pelea a la muerte y a la normalidad, que son lo mismo.

Claudia Masin

 

(…) La inercia de la revolución se expande sobre las sábanas blancas, mientras los rayos de sol que entran por la persiana fulminan la incertidumbre, aunque sea durante la tarde. Y qué importa qué revolución, si lo que nos late es la urgencia de la náusea. Con el amor no alcanza es un libro bellísimo y tiene una contundencia que nos sacude, nos saca de la velocidad que nos exigen y nos ubica en la mansedumbre invisible que nos rodea. El agua quieta de cada foto arrastra el corazón hirviendo de los versos, y así avanza por el Paraná como los camalotes que se tambalean al lado de los barcos.

Leandro Gabilondo

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