“Toda belleza amante que colapsa” de Marina Maggi.

La estructura de este libro está hecha con tendones, con pelos, con uñas, todos templados al fuego de pasiones extinguidas, y sólo la irreverencia de una escritura virtuosa nos redime del método: ahogar uno por uno los deseos en la fuente misma donde nacieron, con sutileza, como si fueran hijos amados cuyos cadáveres dejamos secar al sol, mientras los peinamos. (…)

El mayor mérito de esta poesía es el de arrojarnos un modo de percibir concreto, donde la promesa del mundo es una infección en la boca, un golpe en el estómago o una resistencia irreversible. Sepultados por los símbolos, escudriñar un sentido es una necesidad, no un mérito: pues cada noche soy un exiliado/ en las proximidades de tu risa. «Creo en lo fugaz, creo en lo fugaz, creo en lo fugaz», canta —con desconcertante voz de niña— una mujer, dispuesta a morir por eso, y ella misma es la que nos salva, dejándonos cara a cara con la imposibilidad, o mejor, con nosotros mismos.

Matías Nicolás Settimo

 

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“Sópola temprar” de Fabián O. Iriarte.

      En Sópola temprar, Fabián O. Iriarte “templa” su erudición con astucia. Más allá de las versiones, las relecturas, los rescates y los diálogos establecidos con otros textos, el libro no pretende ser críptico. En este caso, confundir erudición con hermetismo es una falacia: la escritura consiste en desplegar temas y materiales sobre la mesa de trabajo para luego darles un orden, un sentido. La lectura avanza, por momentos, entre hierbas flamígeras de prado y otras veces, a tientas, en habitaciones a oscuras. Pero todo está ahí.

      Al leer este libro –y su obra anterior– da la sensación de que la propuesta del poeta tiene por fin la invención de una lengua. No abundan, sin embargo, ni los barroquismos ni los juegos retóricos. Es difícil de enunciar, pero es seguro que (como esas flechas que van contra la corriente o como el niño más antiguo) Iriarte evoca una palabra que existió o existirá. En sus poemas “todo comienza nuevamente”.                                                                                                                                                                                                        Carlos Fratini

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Sermón del tiempo de Santiago Hernández Aparicio.

“Un poemario que, como atendiendo a su título, se ocupa en indicarnos debajo de él que su génesis ha ocupado un quinquenio (2010-2015) y, más precisamente, desde el séptimo mes al séptimo mes de los años respectivos («Septiembre de…»), según el calendario romano […]un poemario que no se limita a ubicarnos (y ubicarse) según una cierta coordenada temporal, sino que también lo hace acotando, delimitando un ámbito geográfico e histórico particular: ese ámbito no es un mero paisaje: es lugar prístino, origen (Ur-sprung), claustro materno, terruño: la Salta natal, que la poesía irá impregnando de los rasgos peculiarmente metafísicos del noroeste argentino …”

Héctor A. Piccoli

“[…] de tener este libro – soñemos- un estado de naturaleza, probablemente mimaría un trayecto vital: lo familiar, la casa, el vientre; el ascenso paradojal de la formación, la fascinación, las definiciones; la llaneza ambigua del ahora. Pero no lo olviden, háganle menos caso a las alegorizaciones del anotador al pie que a la espontaneidad del anotador de la experiencia. O quizás, si quieren, al revés.”

El autor

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“El cajón de las manzanas podridas” de Paula Irupé Salmoiraghi.

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Escribe en contratapa el poeta Pablo Serr:

El cajón de las manzanas podridas es el libro de los poemas que ningún lector cómodo quisiera encontrarse nunca. En la poesía de Paula Irupé Salmoiraghi no hay lugar para conveniencias ni reparos, cada palabra (buena o mala) está obligada a entablar batalla, desafiante y certera, contra las feroces voces de los otros, siempre presentes. El conjunto de los textos demarca, así, un territorio de sólidas inestabilidades, desde el cual alcanza su propio “podrido equilibrio”: Como si la tabla donde piso/ se apoyara en el agua/ y mi cuerpo fuera un caramelo/ que con la lengua/ llevás y traés. Se trata de una escritura que, fiel a sí misma, reniega de la forma pero no la elude, por el contrario, a fuerza de armonías y serenidades crispadas logra hallar cada vez el modo de decir, sin tachaduras, sin rechazos cobardes, lo que es urgente aunque no se deba: Bueno,/ ya saben:/ Mi marido es negro/ y estos poemas/ son terapéuticos.

“La tierra de los mil caballos” de Gabby De Cicco.

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Escribe Osvaldo Bossi en contratapa del libro:

“Desde el comienzo, toda la poesía de Gabby De Cicco parece centrada en la búsqueda de un nombre. Una palabra liberadora que no sea, además, una cárcel. Belicosa, casi siempre. En un estado de guerra  y de amor que incluya todas las revoluciones posibles. La poesía misma como una postal de fuego.

Eso sí, no está solx. Otros ángeles -tan hermosos e irredentos como ellx- le acompañan: Patti Smith, Allen Ginsberg, Rimbaud… Al fin de cuentas, el rock también puede ser una elegía en medio de la noche invernal.

Galope, ritmo. Imágenes que estallan, se mezclan, vuelven. Copulan, unas con otras. Sin paz, sin tregua. A esa forma de vida Gabby la llama La tierra de los mil caballos, y con esa misma fuerza se impone en cada uno de estos versos que, como una nueva aurora, señalan otra posibilidad y otro camino. No sé cómo decirlo, pero a través de su lectura, todos de alguna manera nos curamos, nos salvamos, nos encontramos a nosotros mismos, quizás.

Entre marchas, pancartas, canciones, libros prestados, leídos, subrayados, partes de guerra, amores (muchos amores), pequeños abrazos, melancolía… los poemas de Gabby De Cicco alzan su voz en medio de la noche para que la injusticia no sea tal, y donde nada (no importa lo pequeño que sea) quede sin ser nombrado. Donde poesía y realidad (realidad y deseo) se unan, al fin, en un dorado hilo de amor que fuera soberano, indestructible”.

“Los puntos fatales” de Pablo Serr.

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Fragmento del prólogo del libro de poemas Los puntos fatales de Pablo Serr escrito por Nicolás Najir:

Ilustración de Tapa: obra del pintor jujeño Alejandro López.

La presencia del mal en la literatura es un tema más viejo que el hambre, sin embargo, qué decir de cuando el mal radica no sólo en todo lo que nos rodea: habitaciones que dan miedo, casas vacías, abandonos, sino también en el propio relato que hicimos de nuestras vidas. ¿Y si ese relato cayera y se hiciera pedazos frente a nosotros? ¿Qué historia contaríamos, diciendo que es la nuestra, recitándola como un padre nuestro frente a las ruinas? Probablemente, la misma que venimos repitiendo. Pero estos versos que propenden y son capaces de mostrarnos todo, son también impotentes, no nos dicen qué hacer con eso que nos muestran, de qué disfrazarnos ahora, o a quién adorar. (…) Cuando no quede más nadie a quien poner en el lugar de Dios, cuando ya no necesitemos sostener nada, convencidos de que en el suelo cada cosa ocupará su lugar, los puntos fatales de lo irreversible cobrarán todo su valor.

Nicolás Najir

 

“La curva de Ebbinghaus” de Carolina Musa.

En contratapa de La curva de Ebbinghaus se transcribe un fragmento del prólogo del libro escrito por Osvaldo Aguirre.

“Según los experimentos de Hermann Ebbinghaus, las posibilidades de conservar un recuerdo disminuyen de manera gradual y creciente a medida que nos alejamos del acontecimiento. La memoria es un efecto del olvido, y su relato un texto al que el transcurso del tiempo erosiona sin remedio, o tal vez despoja de sus aspectos menos significativos. El pasado personal, entonces, es el resultado de una construcción, en la que los documentos y los testimonios no valen tanto como la imaginación, el sueño, las ocurrencias del momento. La poesía puede ser la forma que asume esa representación singular (…) No se trata de la elaboración de un mito, por más que la ficción y la autobiografía se asocien de una vez y para siempre en una escena fundante, la correspondencia con una amiga durante la infancia, cuando la literatura y la vida se confundieron con el descubrimiento de que las palabras ‘hacen cosas’ (…). La curva de Ebbinghaus no habla de la fragilidad de los recuerdos sino de la potencia de la poesía, ‘la única forma de narrarse’, dice Carolina Musa, y así resguardar y dotar de sentido a lo que podría perderse, indiferente, en el olvido”.

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