Presentación del libro “Cotidiano” de Mariana Travacio en la ciudad de Buenos Aires. Palabras de la autora.

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Palabras de Mariana Travacio en oportunidad de la presentación de su libro Cotidiano:

“Buenas noches, gracias a todos por venir, me siento tremendamente bien acompañada.

Hoy no tengo muchas ganas de hablar. Ni de leer. Se me ocurrió que podía subsanar esa desgana leyéndoles unos párrafos hechos de silencios que lo dijeran todo.

Así, pasaríamos del silencio de un párrafo al silencio del siguiente y al cabo de unos minutos daríamos por concluida la lectura de ese hipotético texto que pudo decirlo todo.

Pero sabemos que decirlo todo no es posible. Hay restos. Hay eso que puede rozarse, bordearse, rodearse de palabras, o de silencios, pero no más que eso.

Ese es el problema de la escritura. De toda escritura. Lo que sólo baja al papel como mero remedo.

Cada día, o cada noche, cuando me siento a escribir, pienso en esto. Pienso en la imposibilidad misma de la escritura, y en los empecinados esfuerzos que hacemos aún sabiendo que no es posible.

Marguerite Duras lo decía abiertamente:

Escribir.

No puedo.

Nadie puede.

Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.

Y se escribe, decía. Como si dijera: Y sin embargo, se escribe.

Pienso a menudo en esto y suelo acordarme entonces de Bolaño, cuando le aconsejaba a los cuentistas que nunca escribieran los cuentos de uno en uno, porque, decía Bolaño: “si uno escribe los cuentos de uno en uno, uno corre el riesgo de escribir el mismo cuento hasta el día de su muerte”.

Y me parece que Bolaño tenía razón: tengo toda la impresión de que una buena parte de los escritores que conozco se ha pasado la vida escribiendo la misma cosa, una y mil veces, como si se volviera a empezar cada vez, y se tropezara uno con la misma piedra y, en el fondo, volviéramos a esa misma cosa que nunca terminamos de decir.

Y cuando pienso en esto, me acuerdo de Cantabria y de su cueva de Altamira y de los hombres que entonces, hace treinta y cinco mil años, quisieron pintar algo en esa cueva y acabaron inventando el arte rupestre.

No dejo de asombrarme con esto: Hubo un tiempo, entre fines del Paleolítico y principios de Neolítico, de hombres sin escritura que, sin embargo, escribieron: grabaron, pintaron. Sobre piedras, dijeron.

Y vuelvo entonces, cada día, o cada noche, a Marguerite Duras, y le contesto: Sí, Marguerite, se escribe. Tengo toda la impresión de que llevamos unos treinta y cinco mil años tratando de decir algo. En este sentido, todo texto, toda escritura, no deja de ser una mera aproximación a la pintura rupestre. En todo caso, cuando se vuelve libro, esa pintura se ofrenda a los ojos del otro, como si esos ojos fueran, más que la promesa, la posibilidad misma de un sentido. Después de todo, como decía Pascal Guignard, leer es buscar con la vista a través de los siglos la única flecha lanzada desde el fondo de los tiempos.

Y tanto palabrerío para venir a decirles que yo les agradezco mucho por estar hoy acá, acompañándome. Creo que ha llegado el momento del brindis, pero antes de eso, y con esto termino, quiero pronunciar unas mínimas palabras de agradecimiento en forma pública:

Quiero agradecer a Liliana Ruiz, de Baltasara Editora, porque fue un lujo editar este libro con ella, y porque Cotidiano se volvió libro por ella, y porque además, me llena de alegría que una editorial de Rosario, de mi tierra natal, esa tierra donde fabricábamos collares con las bolitas del paraíso en la siesta interminable, sea la editora de mi primer libro de cuentos. Infinitas gracias, querida Liliana.

Quiero también agradecer a mi maestro, que lo tengo acá a mi lado, a José María Brindisi, por la enorme paciencia con que me ha leído y me sigue leyendo, y porque ha sido y sigue siendo para mí un enorme honor contar con su mirada. Infinitas gracias, querido José.

Agradezco también:

A Susana Albanese, por el aliento constante.

A Silvia Amigo, porque abre puertas y las dejas todas abiertas y se vuelve imposible no mirar.

A Karina Didia, a Daniela Fortis, a María José González y a Silvia Caporaso, porque fueron mis primeras, incansables, lectoras.

A Ariel Dilon, por su infinito amor a las letras y porque tiene el don de contagiarlo.

A Carlos Busqued, por las horas de fecundo desvarío en la Fundación TEM.

A David Oubiña, a Adriana Amante y a Luis Chitarroni, porque me recordaron cómo leer.

A Marisol Alonso, por su mirada aguda, tan linda, en nuestros cafés Havanna.

A mis compañeros de taller, por las horas de escucharnos, por sus valiosas lecturas y porque, para mí, es una fiesta tenerlos.

A mis compañeros de maestría, porque es tanto más lindo este camino desde que lo caminamos juntos.

A mis queridas Paula Tomassoni, Flavia Pantanelli y Sandra Buenaventura, porque no es lo mismo mi día a día sin ellas.

A mis queridos amigos, los entrañables, los de toda la vida, por acompañarme. Siempre.

A mi esposo y a mis tres hijos, por las horas de esposa y de madre que les vengo robando y que ellos, sin embargo, saben disimular con tanto amor, con tanta convicción.

Muchas gracias”.

Mariana Travacio

Presentación del libro “Cotidiano” de Mariana Travacio en la ciudad de Buenos Aires. Palabras del escritor José María Brindisi.

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El 31 de octubre de 2015 se presentó el libro de cuentos Cotidiano de Mariana Travacio. La obra resultó ganadora de la Convocatoria Editorial 2015 – Cuento de Baltasara Editora.

Ante una gran cantidad de personas se desarrolló el evento en el que hablaron la editora, el escritor José María Brindisiy la autora.

Transcribimos las palabras de José María Brindisi:

“Hace unos cuantos años, un amigo presentó el que por entonces era su primer libro, en compañía de su maestro; quiero decir, no sólo alguien que coordinaba un taller, sino alguien que supo acompañarlo durante un buen tiempo y que con los años se había convertido más bien en una suerte de figura tutelar. Cuando le tocó hablar a este último –por cierto, alguien muy conocido, con bastante recorrido en estas lides-, dedicó los últimos largos minutos de su monólogo a situarse sutilmente –sutilmente sólo al inicio- en un lugar de superioridad, de luminosidad exaltada; a marcar los indiscutibles progresos de mi amigo pero, también, a dejar bien claro que estaban situados en distintos eslabones de la pirámide y que no quedaba otra que desearle, al pobre de mi amigo, que “siguiera así”, que de esa manera iba a seguir progresando y algún día, sí, iba a poder mirar el mundo desde ese otro sitio, esa plataforma alada a la que uno podía acceder, como sucede en determinadas ramas del deporte profesional –como el ajedrez, o el polo-, luego de acumular una serie de méritos diplomados. “Gracias”, terminó su alocución el escritor al que más de una vez se les escuchó decir que prefería enseñar a escribir, “gracias por dejarme seguirte corrigiendo”. Ni siquiera se dignó usar ese otro verbo, enseñar, que sólo a un pedante le sonaría pedante, y que por el contrario conlleva una nobleza que casi ningún tipo de relación humana tiene, basada en una circulación de doble mano, eso que se llama intercambio, aunque uno entregue peras y el otro manzanas.

George Steiner, en un libro que se llamó Lecciones de los Maestros –sin duda algunos de ustedes lo habrán leído-, analizaba, a partir de múltiples ejemplos en el campo de la música, la filosofía, el arte y la literatura, esa relación que incluye el deslumbramiento y la comprensión profunda del otro, pero que por sobre todas las cosas es una tensión. “¿Qué significa transmitir?”, se pregunta. “¿De quién a quién es legítima esa transmisión? Las relaciones entre traditio, es decir ‘lo que se ha entregado’, y lo que los griegos denominan paradidomena,  es decir ‘lo que se está entregando ahora’, no son nunca transparentes”, dice Steiner. Y luego plantea tres esquemas esenciales a través de los cuales se desarrolla esa mecánica: el maestro mata o destruye al estudiante; el estudiante mata o destruye al maestro; y muy raramente se da la confianza y el intercambio de aciertos y errores, “el gran milagro de la transferencia”. “El Maestro aprende del discípulo y es modificado por esa interrelación –precisa Steiner-. La donación se torna recíproca, como sucede en los laberintos del amor”.

Pero solo para contradecirme un poco –contradecirme a mí mismo, digo, ya que no me animo a contradecir a Steiner-, y disculpándome de antemano por ese defecto, el de la contradicción, del que por otra parte ni Dios queda a salvo –siendo Dios como es, y ahora cito a Burgess, “igual de grande que Walt Whitman”-, me gustaría revisar esa idea y decir que por momentos ese intercambio está basado en el desequilibrio. No sólo quienes ejercemos esa ilusión de enseñar algo, incluso aquellos que preferimos dejar de lado los eufemismos y el pudor, y no hablar ya de “talleristas” ni “participantes de no sé qué cosa” ni de “gente que viene al taller” sino de, lisa y llanamente, alumnos (entendiendo que aquellos que no pueden hablar en esos términos es porque simplemente no tienen nada que enseñar, o nada que decir), no solo, digo, obtenemos un enorme beneficio en ser testigos de la lucha del otro, de ver cómo se entrevera con la forma y la expresión, cómo busca-encuentra-pierde-y vuelve a encontrar su matriz poética; sino que además deberíamos comprender que buena parte de nuestra tarea se basa en escuchar, en acompañar, en tratar de no obstaculizar el talento. Pero claro: una cosa es no volvernos fatalmente un obstáculo, y otra es rendirnos a la mera intuición, y por supuesto a ese otro Dios, que ni siquiera tiene la dignidad de contradecirse, y que se llama pereza; sin duda, la raíz de la mayoría de los males que aquejan al escritor (y me refiero sólo a los males que tienen cura, lo que por supuesto no incluye el mal gusto). Dejando de lado mi propio mal gusto -que desde luego lo tengo, y me gusta lucirlo orgullosamente-, y ahora intentando volver a hablar en serio, quizá nuestra tarea fundamental sea volvernos a la vez una sombra y un rumor molesto; en definitiva, ayudar a que eso que puede ser, sea. O incluso: que empiece a serlo.

“Una historia no tiene comienzo ni fin”, dice tramposamente el comienzo de una gran novela inglesa, una novela escrita por alguien que, como Mariana Travacio, aquí a mi lado, cometió el pecado de comprender el complejo funcionamiento del alma humana, y el pecado aún más grave –y eso también lo comparte con Travacio- de escribir con una naturalidad asombrosa sin renunciar a uno solo de los colores que la literatura podía brindarle (ese escritor es Graham Greene, y cometió también otro tipo de pecados que no vienen al caso, como por ejemplo llevar a la cama a la mujer de un miembro del comité del Nobel, y perder así la oportunidad de integrar la insulsa lista). Espero que mi historia con Mariana –porque me cuesta llamarla por el apellido-, espero que no tenga fin, pero lo que es seguro, con el perdón de Greene, es que tiene un comienzo. Ese comienzo fue hace unos seis, ¿siete años? Fue el comienzo de nuestra relación, pero no su comienzo. Para cualquiera que haya podido observarla en esos inverosímiles mediodías del Bajo, la primera –y la segunda, y la tercera- cosa que de seguro se le hizo visible tiene que haber sido su voracidad: la desesperación, la combinación entre deslumbramiento y angustia –angustia de saber, de conocer más y más, de no perderse nada- con que Mariana hurgaba en las mesas de novedades, en las estanterías de la hermosa librería Menéndez, el modo en que se relacionaba con una materia que ya era suya, una obsesión que debía haber guardado desde casi siempre, aun cuando ella misma haya tardado algún tiempo en descubrirla. Dije “primera, segunda y tercera”, así que ahora digo “cuarta”: la cuarta cosa que habrá notado aquel que la observara, aunque sin duda se trata de la misma enfermedad, es la cantidad de libros que cargaba -y lo hacía siempre-, o mejor dicho compraba (y puedo atestiguar: no solo los compraba). Ese mismo observador ingenuo se habrá preguntado cómo, siendo –como diría mi abuela, nuestras abuelas- tan “menudita”, cómo hacía para cargar todos esos libros… Y se habrá hecho otra pregunta más importante: cómo haría para pagarlos.

Pero en el taller, durante esos años, conocimos también otro modo de la voracidad de Mariana, un modo intenso y revelador que nada tiene que ver, o es la antítesis exacta del vampirismo que tanto alimentan –como lo reveló alguna vez Roberto Bolaño, con mucha más gracia que yo- nuestros amados círculos literarios, y muy especialmente los talleres, o mejor dicho los que malinterpretan esa idea; un vampirismo que, no vayan a creer, no es una metáfora: se trata de chuparle la sangre al otro, de agotarlo, de dejarlo seco. Un efecto todavía más nocivo que el habitual té de señoras en el que se convierten con facilidad otros tantos talleres, que por supuesto también interpretan mal la idea, o utilizan la palabra “taller” porque “espacio en el que nos expresamos libremente sin tapujos” resulta una denominación algo larga para el brevísimo espacio de las agendas.

No: lo de Mariana -y prometo que intentaré hablar de una vez por todas en serio- implicaba un modo de trabajar y de conectarse con el trabajo del otro al que solo le cabe el término generosidad. O en verdad le caben muchos, y uno de ellos es inteligencia. Y como sabemos que existen muchas clases de inteligencia –aunque la bobada de los test intente negarlo-, entonces sumémosle otros condimentos: criterio, agudeza, ambición, sensibilidad, y cada vez más conocimiento. Mariana era –le pido disculpas a los compañeros- la que mejor escribía, y sin embargo era la más humilde, la que mejor aceptaba las críticas, la que creía más en los otros –a veces más que ellos mismos-, la que entendía que la literatura podía ser, o era, un bien común. No se dejen engañar: sus críticas eran precisas, duras, y ella era la prueba de que nada de eso tiene por qué pelearse con la nobleza; por el contrario, quizá no haya mayor muestra de respeto que tomarse al otro en serio.

Pero nos estamos refiriendo a un espacio, a una experiencia, y de lo que yo quiero hablar en definitiva es de una escritura. O mejor: de una escritora. Una escritora que ya conocía su norte, y que no poseía casi ninguno de los vicios con los que la mayoría hemos cargado en algún momento. Una escritora que ya sabía dónde estaba el ruido, y entonces, que en parte la escritura consistía en resistir tentaciones. La tentación de poetizar gratuitamente, o como me dijo un amigo hace muchos años, la tentación de dejarse vencer por la sinécdoque (la parte remite al todo, podríamos decir; pero el todo suele no llevar a ningún lado). La tentación del efecto, del lenguaje solo como forma: es cierto que es allí, en el lenguaje y no en el efecto, donde se da la batalla esencial, pero también lo es que hay una historia que necesita ser contada; y al menos yo –creo que Mariana tampoco- no tengo tiempo para prestar mi oído a la simple pirotecnia. Y entre muchas otras, la tentación del estilo, que es la tentación de la soberbia, pero también de la comodidad, y que por sobre todas las cosas es una cárcel.

Cuando uno se encuentra, después de todos estos años, con un libro como Cotidiano, con una escritora como Travacio (y vuelvo al apellido porque es preciso decir esto, decírtelo, con toda distancia), lo que se advierte es que la literatura es, en esas páginas, una necesidad, una necesidad profunda y verdadera (profunda, y por eso verdadera). Una necesidad que muchos escritores sobreactúan, como si no pudiesen respirar de otro modo, pero que en Travacio es la aceptación innata de un riesgo, de, ya lo dije, una angustia. “Cuando Dios te da un don, te da un látigo”, escribió el torturado Truman Capote hace treinta años, y terminó su vida con la espalda llena de marcas. Travacio no eligió su don, pero sí aceptó sus ropajes, y aceptó también perderse en sus pesadillas.

Muchas de esas pesadillas están retratadas en estos cuentos, que son de una factura impecable, hijos del talento y, ya –aunque se me ofendan los fundamentalistas de la inspiración-, del oficio. Un oficio que logró con su propia sangre, su propio insomnio, a fuerza de latigazos.

Tan sencillo o inocente como parece, el título del libro es revelador, y alude secretamente al núcleo –expreso y tácito, podríamos decir parafraseando a Walsh- de todos los cuentos. De él se desprende lo más perturbador, su efecto más perdurable, lo más enfermizo de cada una de estas historias: toda esa oscuridad está ahí, agazapada, actuando silenciosamente sobre la realidad, dispuesta a salir a la luz. O en otros términos: a oscurecerla. A oscurecernos.

Para terminar, Mariana, de vuelta Mariana para mí, quería pedirte permiso para ejercer un acto de justicia o reparación histórica, para con mi amigo, pero también como un modo de disculpar a mi colega, o más bien aclarar los tantos. Yo quiero agradecerte, también. Pero agradecerte en serio. No por corregirte, ni seguirte corrigiendo, ni haberte corregido, ni ninguna conjugación estúpida de un verbo que nunca transitamos. Quiero agradecerte por el espacio que compartimos, y que seguiremos compartiendo, como camaradas que siempre fuimos, y que a los dos nos permite seguir aprendiendo. En todo caso, con el cariño que sé que me tenés, te pido disculpas por anticipado por si en algún momento se me va la mano; es decir, si los colmillos empiezan a notárseme. Te juro que me alcanza con un poquito, apenas, de tu sangre”.

José María Brindisi

Presentación del libro “Una Ulises Veterana” de Elena Tardonato Faliere.

El jueves 27 de agosto de 2015 se presentó en el Museo de Arte Decorativo “Firma y Odilo Estévez” de la ciudad de Rosario la novela de Elena Tardonato Faliere:Una Ulises Veterana. La obra resultó ganadora en la Convocatoria Editorial 2015 de Baltasara Editora – Novela. La autora recibió de manos de la editora, Liliana Ruiz, el diploma correspondiente y luego la poeta Tona Taleti expresó en forma brillante su opinión sobre la obra. Entre el numeroso público se destacó la presencia de artista plástico Eduardo Serón, una de cuyas obras fue reproducida en la tapa del libro, y de su esposa Mele Bruniard.

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Presentación en Rosario del libro “Algunas alteraciones en la naturaleza de las cosas” de Irma Elena Marc.

El sábado 22 de agosto de 2015 tuvo lugar, en el Auditorio del Museo Diario La Capital” de la ciudad de Rosario, la presentación del libro Algunas alteraciones en la naturaleza de las cosas de Irma Elena Marc. La autora fue presentada por la editora, Liliana Ruiz, quien dió a conocer los fundamentos, por parte de la editorial, que llevaron a la publicación de la obra. Por su parte, la autora explicó el proceso de creación de su novela. El cierre del evento fue a pura emoción con la excelente dramatización  de textos llevada a cabo por los actores: Natalia Calógero, Angie Ferrero, Miguel Berrocal y Patricia Calcagno.

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Presentación del libro “Nueva tiranía de la escritura” de Matías Piccolo.

El 2 de julio de 2015 se presentó en Bajada España el libro Nueva tiranía de la escritura de Matías Piccolo. 

La editora expresó en breves palabras la trayectoria del autor, a quien conocía por haber integrado la antología ROSARIO:Ficciones para una nueva narrativa, primer  libro de la Colección Narrativa de la editorial. También agregó que la obra era la décima de la misma colección. Seguidamente el escritor Sebastián Bier destacó la difícil tarea de presentar a quien considera el mejor escritor de su generación.

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Texto de la presentación del libro “Nueva tiranía de la escritura” de Matías Piccolo.

bierEl jueves 2 de julio de 2015 escuchamos las palabras del escritor Sebastián Bier sobre la obra “Nueva tiranía de la escritura” y sobre su autor. Transcribimos aquí el texto completo:

“Cuando Matías me dijo que quería que hablara en la presentación de su libro pensé: este tipo está loco. Tardé un segundo en razonar que Matías es Manuk y que claro, el tipo está efectivamente loco. Así que lo tomé como una actividad divertida: la tarea estuvo clara desde un principio para mí: levantar al escritor, defenestrar a la persona.

Matías es el mejor escritor de nuestra generación desde que tiene ocho años. Siempre fue así, es una verdad nunca declarada pero por todos admitida. A esa edad todavía no escribía las barrocas historias que hoy nos da a leer, dibujaba cómics. Como la puta madre dibujaba. Y los guiones eran un delirio. Hay una época mítica entre Giordano y Manuk  que se remonta a la secundaria, donde a cuatro manos arruinaban las vidas de sus semejantes en viñetas que Matías ilustraba. No puedo dar fe de esas historietas, no las vi. Sí vi las que más tarde escribirían durante las clases en la facultad; su principal víctima y protagonista excluyente era “El Fanático”, el verosímil de un antiguo compañero y amigo. Las situaciones que se sucedían, irredentas, delirantes, se ilustraban con rigor y el guión anotaba las viñetas con voces que provenían de mismísimo infierno. La trama principal era el descenso a los abismos de un ser. Ese descenso es el motivo más recurrente en, si se me permite el neologismo, la literatura manuciana.

Con el tiempo ese descenso tomó la forma de un espiral (mental) que se amadeja y persiste, en tiempo y forma, haciéndose texto. El resultado es la forma textual de la mente de Manuk, y eso, querido público, no es poco. Estamos hablando de la persona más oscura que conozco. Esta oscuridad no está signada por malversaciones o tramoyas, no. Está signada por una mente tortuosa que goza revolcándose en el fango del pensamiento. Una y otra vez, una y otra vez. Más y más adentro, como la caverna que describe en el cuento “El Nuevo”, que no es otra cosa que la mente del que escribe. No hay literatura más autobiográfica que la literatura de Manuk, aunque en apariencia sus formas y temas nos alejen de cierto realismo ramplón que cunde en el panorama de la literatura argentina contemporánea. No se dejen engañar por la forma en que se expresan los monjes de “Los amanuenses y el palimpsesto”, esos monjes son Manuk, esa es su voz. Que tampoco los distraiga el español neutro del agente de la CIA Landy Kovacs, en el cuento “El ensayo musical”: ese mismo argumento lo escuché, con mis propios oídos, de la boca de Manuk en varias noches  en que el alcohol nublaba el entendimiento, más aun de razonamientos complejos. La escena es la siguiente: mesa larga, unas ocho o diez personas en estado de profunda embriaguez. Platos sucios de un asado que se comió rápido, como para pasar a lo importante, y humo, mucho humo. Los gritos son ensordecedores; Manuk me intenta explicar su teoría acerca porqué los Beatles son los responsables de la derrota del comunismo. No les miento. No sé ni cómo me acuerdo de eso, será por la cantidad de veces que se repitió la escena …

Ese personalísimo giro autobiográfico es quizá el único punto en común que la literatura de Manuk comparte con lo que se entiende por “literatura argentina contemporánea”. Después, su cuño es absolutamente clásico. Digo clásico en el sentido que sus referentes, lejos de los cuentistas estadounidenses de la segunda mitad del siglo veinte (Carver, Sallinger, Cheever), que parecen ser una referencia ineludible en muchas de las “nuevas voces” con sus atmósferas anodinas y sus diálogos pequeños, son, mayoritariamente, Kafka y Borges. En ese sentido, los cuentos de este volumen son más “universalistas”, como bien los describe Beatriz Vignoli, aunque las referencias, más que citas cultas o el expandido “name dropping” funcionan como disparadores de ficción en la más clara tradición borgeana. Más cerca, en tiempo y espacio, se puede leer algo de Salvador Benesdra. Las teorías conspirativas, otro tema recurrente en la narrativa manuciana, son arltianas en el sentido de que las ideas, sobre todo las políticas, se dan a conocer en discursos enunciativos, como los del astrólogo, pero en cuanto a contenido difieren mucho de las de Arlt: no son ontológicas o metafísicas, son absolutamente políticas, pero alejadas de una política del aquí y ahora. Combatiendo siempre al capital, pero más que nada a su faz discursiva. No hay bombas, ni revoluciones, hay discursos que se pasan soto voce, hay cuerpos que se intercambian, teorías que se aplican a escalas mundiales para impedir el triunfo inevitable del comunismo. Estamos en el mundo del discurso, de las ideas, de las letras, esas mismas letras que, en “Rondando la claridad” enloquecen al protagonista y que el solo hecho de poder deshacerse de ellas, lo lleva a la claridad (no sin antes hacernos atravesar una escena donde el protagonista pinta las paredes del baño con sus heces ante la mirada de su hermana). El monstruo, la oscuridad, está adentro, es producto, casi siempre, de una cabeza que piensa, quizá de más, como en el cuento “Diario de un enfermo”.

Todo ese nudo gordiano de conspiraciones, traiciones y bajezas tiene su correlato en la forma textual, que el autor nos advierte desde la contratapa ha sido leída como “barroca”. Esa prosa pesada, alambicada, según nos ilumina  el autor también desde la contratapa, no debería ser un escollo para la lectura sino, más bien, y cito, “un desafío convencional del divertimento de leer”. Esta colección de relatos nos brinda una clarísima descripción de lo que el autor considera divertimento. Una sola cosa me queda por decir frente a esto: ay mamita, con lo que se divierte este muchacho…

Ahora sí, los invito a leer un libro que está buenísimo; una cosa más les aclaro, van a sufrir. Brindo por eso”.

Sebastián Bier

PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LA MUERTE DE MANUEL QUARANTA” DE MANUEL QUARANTA.

El jueves 11 de junio de 2015 se presentó en la sede de la Universidad Abierta de Adultos Mayores de la Universidad Nacional de Rosario, la novela de Manuel Quaranta: “La muerte de Manuel Quaranta”. En un clima de festivo en el que no faltaron tragos y alegría, el autor recibió las felicitaciones de los asistentes y firmó los ejemplares de su libro.

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