“Los elefantes saben olvidar”, libro de cuentos de Cristian Vázquez.

Quizá la sabiduría del olvido sólo les sea posible a quienes han vivido una experiencia intensa, y en toda experiencia intensa se cifra el enigma de un relato. Son borrosas las fronteras entre la vigilia y el sueño, entre la complicidad y el amor, entre el viaje y la imposibilidad de moverse, entre la hazaña y el fracaso, entre el recuerdo y lo que las revistas dicen de esos recuerdos imborrables. Así lo muestra Vázquez a través de una prosa ágil y de tramas envolventes. En las historias de Cristian Vázquez hay encuentros fugaces, lugares fantasmagóricos, miradas que revelan deseos, recuerdos inciertos; hay parejas insomnes, hombres sin dinero en las barras de los bares, viajeros curiosos y mujeres que sueñan con casas familiares. La huella de lo extraordinario se pasea por el mundo cotidiano y produce incertidumbre. Los personajes parecieran buscar el momento exacto en el que se decidió el sentido de sus vidas y el lector, cautivado, entra en ese juego de las pesquisas; observa, al igual que lo hace un detective, el signo que anticipe de qué lado caerá la moneda, el gesto o la palabra que dirán algo más de lo que pretenden decir. Entre lo velado y lo prodigioso, con prosa elegante y precisa, más que en lo elidido o en lo que se dice, la tensión de las historias se sostiene en la maestría de las sugestiones y en la capacidad de dar con el instante en que se vive una historia.

Martín Lombardo

PUBLITAPAS-LOS-ELEFANTES-SABEN-OLVIDAR

Foto; Natalia Segovia

 

Poema “Quiero escapar” del libro LA BRECHA QUE EXISTE ENTRE LOS CUERPOS de Daniela Camozzi.

Quiero escapar

 

del disciplinamiento

de cada día.

Dejar de mirar

la pantalla.

Taparme los oídos

apenas pospone

la puntada:

el mundo

va a seguir ahí.

Está bien.

Solo quiero

un poco

de silencio.

Construir

un caparazón eficaz,

ovillarme un rato

y flotar

en mi pequeña

guarida privada.

Daniela Camozzi, La brecha que existe entre los cuerpos, Colección Poesía, Baltasara Editora.

POESÍA-Brecha-30-07-2018

“Destiempo”relato del libro VLADIMIR VA AL PARAÍSO de Damián Schwarzstein.

Destiempo

“De nada sirve, escaparse de uno mismo”

Moris

 

¿Cuánto dura una vida? ¿Es larga o es corta? ¿Y un viaje? Una hora, ¿qué carajo es una hora? ¿60 minutos? ¿Solo eso?

Las palabras. Unas dicen tanto, otras callan. No pueden tener el mismo precio. ¿Tienen valor las palabras? Hay palabras valientes. Y debemos hacerles justicia. Como al tiempo. ¿Es un momento igual a otro? ¿Y las horas? ¿Todas duran 60 minutos?

El maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung creía en el presente. No podía negar ni el pasado, ni el futuro. ¿O acaso de qué están hechos los sueños?

Pero él pensaba que en el presente estaba la respuesta a todo. Simplemente en vivirlo.

El asunto es que no todo tiempo presente es mejor. Que no todos los momentos son iguales. Que no todas las horas duran 60 minutos. Muy especialmente, creía Vladimir, en el crucero Eugenio B. Allí parecía que a nadie lo perseguía su pasado. Y que nadie temía su futuro.

Pero no era así. Detrás de las sonrisas, de los trajes, de los violines, de los capelettis a la Gran Caruso, había soledades, desencuentros, miedos.

El dinero simula alegría. Pero siempre hay un momento en que estamos desnudos. ¿Acaso un billete de un dólar puede ser un taparrabos? Puede parecerse.

El crucero Eugenio B, con toda su parafernalia de diversión, sus platos orgásmicos, su pizza anti-insomnio, su navegar relajado, no podía tapar (al menos no del todo) ese mundo en llamas que lo rodeaba. Si, justamente, su razón de ser era proteger a sus pasajeros de él. (No olvidar que todo esto ocurre en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, que el barco salió de una Roma tomada por los camisas negras del dictador sin pelo, aliado a su vez con el dictador con bigote de Berlín, y que Vladimir viaja con sus amigos, el matemático judío-italiano Beppo Trevi, Juan Mirón, Tomasito Mann y el gran Vito Nebbia, que pronto iba a debutar con su música en el teatro del crucero)(*).

Don Bosta, el dueño de esa ciudad flotante que navegaba hacia un mundo que se dice nuevo, imaginó que ese viaje, en ese crucero, era el del Arca de Noé. Pero pago. O sea, él se sentía como una especie de patriarca bíblico, pero aggiornado a su tiempo. Porque, al fin de cuentas, la única verdad es la realidad y el capitalismo es el capitalismo, estúpidos(**).

Para ser concretos, porque siempre es difícil hablar de plata, sobre todo cuando vas al psicólogo por primera vez. Viajar en el arca de Don Bosta tenía precio. Un buen precio. ¿O acaso el bueno de Noé invirtió en piletas, jacuzzi, gimnasio, spa, y pasaba películas 4 D para esos animalitos que iban hacinados en su arca, y que tenían ni más ni menos que la heroica misión de salvar a sus especies?

Al menos, el pasaje en el Eugenio B se podía pagar en doce cuotas, lo que no es poco en época inflacionaria, como la que vivía aquella Europa de entreguerras. O trabajar, como Vladimir y sus amigos, menos el novelista Tomasito Mann.

Viejo compañero de las aulas universitarias de Berlín, Tomasito estaba allí porque Don Bosta le hizo precio. Es que le dijeron que escribía lindo y acaso podía contar una historia que lo pusiera al ambicioso Eugenio no a la altura de Don Oskar Schindler, el de la lista, pero sí algunos escalones más abajo. Relato, le dicen ahora. Y todavía no sabía Don Bosta que Mann era portador del virus del veganismo.

Lo cierto es que el crucero Eugenio B era un escape de lujo. Pero escape al fin. Y nunca se puede escapar del todo.

Aunque cocine Caruso Lombardo, aunque cante Vito Nebbia, aunque haya clases gratis de pilates reformer, aunque en el restaurante te reciba Nito Metre, aunque tu mozo sea Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el mismo que después iba a ser el maestro taoísta leninista que inspira estos textos y a miles de personas en todo el mundo.

Tomasito Mann avanzaba con su texto, que no era la historia que pretendía Don Bosta sino un ensayo sobre un presente en el que muchos creían que la palabra muerte vale más que la palabra vida (el novelista se anticipó al tiempo de los hombres bomba). No tienen que ser muchos para hacer trizas el siempre frágil equilibrio en el que vive la humanidad, escribió el novelista. Estaba triste, y encima no había probado los capelettis a la Gran Caruso por eso del veganismo. Destiempo, anota como opción de título.

Destiempo. No lugar. El crucero Eugenio B como una especie de limbo. Un pozo de la historia. (Nada que no se pudiese arreglar con tareas de bacheo, diría el filósofo cervecero Martiñoño Molino, que investigó como nadie el origen de las recetas del cocinero Caruso Lombardo, sobre todo la de los capelettis a la Gran Caruso).

Vladimir Ilich Tao Tse Tung solía decir que no hay que resistirse al presente. La vida es ahora, Mann, le reprochó aquella noche estrellada a Tomasito, que ni siquiera quiso probar el tiramisú de Caruso Lombardo que le llevó al camarote porque pensó que no podía seguir escribiendo y no comer nada (hasta los grandes filósofos se sensibilizan ante alguien que extraña a la madre).

¿Qué dicen los pibes con celulares Huawei, que no por casualidad es una marca china, y que acaso por accidente pueden cruzarse con estas historias?

A propósito, ¿por cuánto recomiendan silenciar el grupo de Whatsapp? ¿8 horas, una semana o un año?

(*) No hay dudas que, de haber vivido en este tiempo, Vladimir Ilich Tao Tse Tung hubiera sido cultor del hipervínculo.

(**) A Vladimir le gustaban las máximas de Juan Domingo, el primer papa de un país que era cuna de papas y directores técnicos.

Del libro Vladimir va al paraíso, Damián Schwarzstein (Colección Andrómeda, Baltasara Editora).

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Cristian Vázquez

Cristian Vázquez

Nació en Buenos Aires en 1978. Creció en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Estudió periodismo en la Universidad Nacional de La Plata, donde en la actualidad dicta talleres de lectura y escritura. Vivió siete años en Madrid, ahora reside en Buenos Aires.

Es columnista de la revista mexicana Letras Libres. Ha publicado los libros Támesis (novela breve, 2007), Partidas (cuentos, 2012), El lugar de lo vivido (novela, 2018) y Contra la arrogancia de los que leen (artículos sobre el libro, la escritura y la lectura, 2018). Los elefantes saben olvidar resultó la obra ganadora de la Convocatoria Editorial 2019 Narrativa (Cuentos) de Baltasara Editora.

autorretrato

 

“Tos” del libro VIETNAM de Pablo Bilsky.

TOS

Hanói, Teatro Tuong. Antes de comenzar el espectáculo de artes vietnamitas, el público, compuesto por turistas de varias partes del mundo, fue invitado a degustar infusiones en una sala en la que se exhibían máscaras y trajes tradicionales.

Ofrecían allí dos clases de infusiones. Una a base de limón, y otra de maíz. Ambas exquisitas, delicadas.

Los turistas ingresaron al lugar felices y distendidos. Los más cancheros saludaron a los empleados sonrientes, que hacían las veces de anfitriones, en vietnamita.

Pero algo salió mal, muy mal. “Puede fallar”, decía Tu Sam, que no en vano eligió un nombre oriental.

Los gargueros europeos y americanos no estaban preparados para semejantes exquisiteces. Y sobrevino ella, indigna, vergonzante. Como el espanto. Vil, imparable, indomable. No fue un caso. Fueron muchos los afectados por la tos.

Un coro de turistas tosedores. Entablé un diálogo de toses, un contrapunto con un turista toscano que parecía que se nos iba, que partía para siempre tosiendo en un rincón.

Intentamos todas las formas del disimulo. Pero no, solo el escarnio. Clavé la vista en una espada milenaria hasta que desapareció, borrada por las lágrimas y las convulsiones. Mil años de historia expectorados hasta la náusea y el papelón.

La tos es el idioma universal.

Pero también, al menos en esa particular circunstancia, obró como un cristal a través del cual se pudieron ver de otra forma los objetos delicados que se ofrecían allí en el teatro, coloridos y complejos en su alambicada antigüedad.

Mirar el mundo a través de las convulsiones de la tos y las distorsiones de las lágrimas cambia de modo profundo la percepción.

Las lágrimas contribuyen a lo que el formalista ruso Viktor Sklovski definió como la desautomatización de la percepción.

El turbión acuoso y el movimiento de la tos no ayudan a reconocer el objeto sino que, por el contrario, lo deconstruyen, juegan con la forma, lo ponen en movimiento. Aumentan la dificultad, la duración y el goce del acto de percepción. Hacen presente y le dan peso al acto mismo de la percepción y lo convierten en objeto de percepción.

Las imágenes bailan, borrosas, y se mezclan. Las formas cambian, y se tornan esculturas mutantes, ora de Botero, ora de Giacometti. Cambian como en un parpadeo, con una intermitencia danzarina y acuosa.

Se produce lo que los psicólogos de la percepción denominan efecto paralaje: cuando el observador está en movimiento, la posición de los objetos cambia de acuerdo con sus profundidades relativas. Los elementos que están más cercanos se mueven en dirección opuesta a su propio movimiento, mientras que los objetos que están situados más lejos se mueven en la misma dirección. Además, cuanto más cercano está un objeto cambia más rápidamente su dirección respecto del observador.

Los ojos, punto de partida de la mirada, y de las lágrimas.

Las lágrimas, como puertas de acceso y mediación hacia una realidad cercana e inalcanzable: “De lo sos ojos tan fuertemientre llorando” (poema del Cid).

El movimiento espasmódico del cuerpo sacudido por la tos establecía un contrapunto con el movimiento de las lágrimas, que fluían, se estancaban y daban lugar a formaciones diversas, con lo cual los objetos cambiaban de posición, de profundidad, y se movían alrededor del tosedor como en una danza.

Pese a estar quietos, exhibidos en su estolidez de antiguas máscaras y trajes tradicionales, los objetos se arremolinaban en torno al carraspeador con cierta furia por momentos.

Torbellino de colores, de viejas telas de Hanói, talcosas, máscaras de antiguos espíritus que abandonan su quietud de siglos para acosar como perros de sulky al turista que, en medio de esa abigarrada tromba milenaria, todo llanto-tos, llanto-tos, percibe un mundo de sensaciones en el que Sandro y Sklovski, armados con cañas de bambú, alejan a la guaranga perrería mal llamada “percepción desautomatizada”.

Este libro reúne crónicas sobre algunas escenas como estas, anécdotas y objetos observados o imaginados en Vietnam durante un viaje que tuvo lugar entre julio y agosto de 2018.

Lo inenarrable, lo indescriptible es lo que no se puede dejar de escribir. El terror, y la atracción, ante la página en blanco. Escribir es representar ese blanco, ese vacío.

Escribimos ese vacío entre las letras, dentro de las letras y entre las líneas. También están los vacíos del sentido, los blancos semánticos, los silencios sonoros y las músicas calladas del texto.

Señala Giorgio Agamben en Idea de la prosa: “Y todo el voluminoso libro, que la mano del escriba había atiborrado de caracteres, no era sino el intento de representar esa tabla totalmente rasa, en la cual aún no había nada escrito”.

Lejos de la idea de vacío, el lugar denominado Vietnam, atiborrado, habilita la coexistencia de varias ciudades, países y épocas que conviven y se superponen.

En Vietnam, el espacio funciona de una manera otra. La relación del espacio con los objetos y los cuerpos es diferente. También lo es la manera de crear vacío, de hacer espacio.

“Por más lejos que viajes en este mundo, siempre vas a seguir ocupando el mismo volumen en el espacio”, escribe el británico Will Self en The Quantity Theory of Insanity. Se trata de un dicho de la tribu Ur-Bororo, pueblo que solo existe en la imaginación de ese autor.

Pero viajando a Vietnam, al menos, el viajero va a ver trastocadas sus nociones de volumen y espacio, y va a comprobar que existen nuevas, sorprendentes relaciones entre esas dimensiones.

Según Giorgio Agamben “La experiencia decisiva que, para quien la haya tenido, se dice que es muy difícil de narrar, ni siquiera es una experiencia”.

Cuando la lengua no alcanza para describir la otredad del viaje, la idea misma del viaje, su mera existencia, su condición de posibilidad, quedan en suspenso, afantasmadas.

Solo una vez de regreso, cuando el viaje está lejos, cuando se ha viajado del viaje y el destino del viaje se ha apartado del viajero en el tiempo y el espacio, convertido ya en recuerdo, un recuerdo inestable, a punto de perderse, de borrarse para siempre, acaso en ese momento pueda convertirse en otra cosa y derivar, reinventarse, recuperarse.

Pero solo en ese momento tan ajeno al viaje, tan a salvo del viaje y tan dependiente de los mecanismos de la narración y la memoria, justo allí comienza la lucha por encontrar las palabras, para vencer la dificultad de narrar. En esa instancia posterior, a veces muy posterior al viaje, se recupera la posibilidad del viaje y toma forma la experiencia. Pero ya es otra cosa: experiencia narrativa, de lenguaje, de memoria, de imaginación. Un recuerdo hecho de trozos de vida y mucho misterio.

Hanói, Ho Chi Minh City y el delta del Mekong caben y se apilan, copulan y danzan, enloquecidas, junto a Rosario, la Argentina y Estados Unidos. Todo cabe en Vietnam.

Todo se mezcla en el turbión lacrimógeno-expectorante del turista intoxicado de otredad.

Estados Unidos es el suplemento, la presencia ausente, el complejo de Vietnam, porque Vietnam le infligió la derrota militar más humillante de su historia.

Vietnam es el trauma de Estados Unidos. Como lugar, como espacio, completa a Estados Unidos. Es su apéndice omnipresente y torturante. Es su inconsciente, su parte negada que se hace presente como pesadilla o monstruo. Como trauma y herida, es una marca, una escritura que se escribe a sí misma: lo no dicho que se dice en su horror.

La industria cultural de Estados Unidos se ha empeñado en simbolizar de mil maneras ese complejo. Intentó corporizar el monstruo. Darle carnadura al fantasma. Pero no hay caso. Queda siempre un resto, un plus no simbolizable que vuelve como pesadilla, como espectro ominoso y humillante, como vacío devorador.

Hoy los capitales extranjeros invaden Vietnam y las afiladas cañas de bambú, tan efectivas contra los “zac mi” (“bandidos estadounidenses”) durante la guerra, no pueden ni quieren frenarlos.

La reforma económica de Vietnam “Đổi mới” (“renovación”) que comenzó en 1986 y trajo aparejada la apertura al mercado, produce desigualdades sociales antes desconocidas. Ahora la bandera roja con la estrella amarilla convive con los arcos dorados de McDonald’s bajo la atenta mirada de Ho Chi Minh.

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